PREDIQUÉ Y NADIE SE CONVIRTIÓ
El bus avanzaba lentamente por los caminos serpenteantes de la sierra. Entre montañas cubiertas de neblina y el canto lejano de las aves, Tomás Vilchez observaba por la ventana con el corazón encendido.
—Señor, úsame —susurró cerrando los ojos—. Estoy listo.
Recién egresado del seminario bíblico, llevaba en su maleta una Biblia gastada, algunos cuadernos y una fe que parecía no caber en su pecho. Aquella sería su primera experiencia predicando fuera de la ciudad.
Al llegar al pequeño pueblo, fue recibido por algunos hermanos de la iglesia local. Las casas de adobe, el aire frío y el silencio del lugar contrastaban con el entusiasmo de Tomás.
—Hermano Tomás, bienvenido —dijo uno de ellos con una sonrisa amable—. Mañana estará predicando.
Tomás asintió con emoción.
—Gracias, hermano. Dios hará grandes cosas.
La iglesia era pequeña. Apenas unas cuantas bancas de madera y un púlpito sencillo. Esa noche, Tomás predicó con todo su corazón.
—¡Cristo transforma vidas! —exclamaba con pasión—. ¡Hoy es el día de salvación!
Su voz llenaba el lugar. Sus palabras eran sinceras. Su mensaje, claro.
Pero cuando terminó…
Silencio.
Nadie pasó al frente. Nadie lloró. Nadie respondió.
Los hermanos aplaudieron suavemente, pero todo terminó ahí.
Tomás sonrió, aunque por dentro algo se había quebrado.
Al día siguiente, fue invitado a predicar en otra iglesia del mismo pueblo. Esta vez, oró más, preparó mejor su mensaje y predicó con aún más intensidad.
—¡Dios te está llamando! —dijo con voz firme—. ¡No endurezcas tu corazón!
Esperó.
Nada.
Otra vez, silencio.
Al terminar, algunos le agradecieron, pero nadie tomó una decisión visible.
El día de su partida, los hermanos lo acompañaron hasta el paradero. Tomás intentaba sonreír, pero sus ojos reflejaban frustración.
—Gracias por todo, hermanos… —dijo con voz baja.
El pastor de la iglesia, Eugenio Torres, un hombre mayor de rostro sereno, se acercó a él.
—Hijo, ven un momento.
Se apartaron unos pasos del grupo.
—Te veo triste —dijo el pastor con ternura.
Tomás bajó la mirada.
—Pastor… prediqué con todo mi corazón… pero nadie se convirtió. Pensé que Dios me usaría más… que vería fruto…
El pastor Eugenio sonrió levemente.
—Tomás… eso suele pasar.
El joven lo miró sorprendido.
—¿De verdad?
—Claro que sí. A veces sembramos… y no vemos la cosecha. Pero eso no significa que Dios no esté obrando.
Tomás guardó silencio.
—Escucha bien —continuó el pastor—: el éxito no está en cuántos responden, sino en obedecer. Tú predicaste. Tú sembraste. Y Dios hará el resto… en su tiempo.
Los ojos de Tomás comenzaron a humedecerse.
—No temas —añadió el pastor—. Sigue adelante. No te desanimes.
El bus partió levantando polvo en el camino. Tomás miraba nuevamente por la ventana, pero esta vez en silencio.
Luego de unos minutos, sacó su Biblia y la abrió lentamente.
—Señor… —dijo con voz quebrada—. Aunque no vea resultados… seguiré predicando.
Una paz suave llenó su corazón.
Y por primera vez desde su frustración… sonrió.
El inicio del ministerio no siempre viene acompañado de resultados visibles. Muchas veces, el esfuerzo sincero parece no dar fruto inmediato. Sin embargo, el verdadero llamado no se mide por aplausos ni por respuestas humanas, sino por la fidelidad a Dios.
Tomás aprendió una lección que marcaría su vida: el siervo no es responsable de los resultados, sino de la obediencia.
Porque hay semillas que germinan en silencio… y cosechas que llegan en el tiempo perfecto de Dios.

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