SIN GANAS DE MORIR

 

  



Pedro Salinas era un hombre tranquilo, de cabello entrecano y manos endurecidas por años de trabajo. Vivía con su esposa Rosa en una pequeña casa humilde, y cada domingo servía fielmente en la iglesia de su barrio.

Todos lo apreciaban por su serenidad y su confianza en Dios.

Sin embargo, desde hacía meses, Pedro sentía molestias al orinar y dolores que iban aumentando poco a poco. Rosa le insistía constantemente que fuera al médico.

—Pedro, eso no es normal —le decía preocupada mientras servía el desayuno—. Deberías revisarte.

Pedro restaba importancia.

—Seguro es la edad, mujer. Ya se me va a pasar.

Pero no se pasó.

Con el tiempo, el dolor aumentó. Comenzó a bajar de peso y se cansaba fácilmente. Una madrugada despertó con un fuerte dolor que lo dejó doblado junto a la cama.

Rosa se alarmó.

—¡Ya no más, Pedro! Mañana mismo iremos al hospital.

Después de varios exámenes, Pedro y Rosa estaban sentados frente al doctor Ramírez, un especialista serio de voz pausada.

El médico respiró profundamente antes de hablar.

—Señor Salinas… los resultados muestran un cáncer avanzado de próstata.

El silencio llenó el consultorio. Rosa comenzó a llorar lentamente y Pedro permaneció inmóvil.

—¿Hay tratamiento? —preguntó finalmente.

El doctor bajó la mirada.

—La enfermedad está muy avanzada. Podemos intentar controlar algunos síntomas, pero… siendo sinceros… ya no hay mucho que hacer.

Aquellas palabras cayeron como piedras sobre el corazón de Rosa.

—¿Cuánto tiempo le queda? —preguntó con voz quebrada.

El médico dudó unos segundos.

—Tal vez unos meses.

Esa noche, Pedro permaneció sentado en la sala de su casa con la Biblia abierta sobre sus piernas. No hablaba, solo miraba el suelo.

Rosa se acercó y tomó su mano.

—Tengo miedo, Pedro…

Él respiró profundamente.

—Yo también.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—No culpo a los médicos. Han hecho su trabajo… pero mi vida sigue estando en manos de Dios.

Rosa lo abrazó en silencio.

Al día siguiente, Pedro llamó a sus hijos.

—No voy a rendirme —les dijo—. Haré mi tratamiento, seguiré las indicaciones médicas… pero también voy a aferrarme al Señor.

Su hijo Daniel lo miró emocionado.

—Estamos contigo, papá.

Desde entonces, algo cambió en Pedro.

Aunque el dolor seguía, comenzó a vivir cada día con gratitud. Leía la Biblia cada mañana, oraba constantemente y seguía congregándose mientras tenía fuerzas.

Los hermanos de la iglesia empezaron a visitarlo.

—Pedro, eres un milagro caminando —le decía el pastor Joaquín.

Pedro sonreía.

—No sé cuánto viviré… pero cada día que despierto es un regalo de Dios.

Pasaron seis meses. Luego un año, después dos.

El doctor Ramírez revisaba los exámenes sorprendido.

—Esto no es común… —murmuraba mientras observaba los resultados.

Un día le dijo directamente:

—Señor Salinas, sinceramente pensé que usted no llegaría hasta aquí.

Pedro sonrió serenamente.

—Doctor, yo tampoco sabía qué pasaría… pero Dios me ha sostenido.

Aunque el cáncer seguía ahí, Pedro continuó viviendo mucho más tiempo del que los médicos habían pronosticado. Con limitaciones, sí, con días difíciles, también, pero nunca dejó que la desesperanza dominara su corazón.

Una tarde, sentado frente a su casa, un vecino llamado Ernesto se acercó.

—Pedro… ¿cómo haces para seguir adelante después de todo lo que te dijeron?

Pedro levantó la mirada al cielo.

—Porque mi esperanza no depende solamente de un diagnóstico. Los médicos pueden decir cuánto creen que viviremos… pero solo Dios tiene la última palabra.

Pedro luego esbozó una sonrisa y le dijo:

—Y honestamente amigo, todavía no tengo ganas de morir.

Ernesto guardó silencio por un momento, pero al igual que Pedro también le pareció gracioso lo que dijo.

—Y aun si un día me toca partir —continuó Pedro—, quiero hacerlo confiando, no derrotado por el miedo.

La fe no siempre significa ausencia de enfermedad o sufrimiento. A veces, la verdadera fe consiste en seguir adelante aun cuando las noticias son desalentadoras.

Pedro no ignoró a los médicos ni rechazó la ayuda profesional, pero entendió que el temor y la desesperanza podían destruirlo antes que la enfermedad misma.

Su confianza en Dios, el apoyo de su familia y su decisión de no rendirse le dieron fuerzas para vivir mucho más de lo esperado, porque mientras haya vida también puede haber esperanza, pero si uno tiene fe en Dios, puede ver cosas mayores.

 



 



Comentarios

Entradas populares de este blog

LA ESPIRAL DESCENDENTE

EL TOQUE DEL CIELO

CONOCÍ A UN PASTOR