SIN GANAS DE MORIR
Pedro Salinas era un hombre tranquilo, de cabello entrecano y manos endurecidas por años de trabajo. Vivía con su esposa Rosa en una pequeña casa humilde, y cada domingo servía fielmente en la iglesia de su barrio. Todos lo apreciaban por su serenidad y su confianza en Dios. Sin embargo, desde hacía meses, Pedro sentía molestias al orinar y dolores que iban aumentando poco a poco. Rosa le insistía constantemente que fuera al médico. —Pedro, eso no es normal —le decía preocupada mientras servía el desayuno—. Deberías revisarte. Pedro restaba importancia. —Seguro es la edad, mujer. Ya se me va a pasar. Pero no se pasó. Con el tiempo, el dolor aumentó. Comenzó a bajar de peso y se cansaba fácilmente. Una madrugada despertó con un fuerte dolor que lo dejó doblado junto a la cama. Rosa se alarmó. —¡Ya no más, Pedro! Mañana mismo iremos al hospital. Después de varios exámenes, Pedro y Rosa estaban sentados frente al doctor Ramírez, un especialista se...