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SIN GANAS DE MORIR

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      Pedro Salinas era un hombre tranquilo, de cabello entrecano y manos endurecidas por años de trabajo. Vivía con su esposa Rosa en una pequeña casa humilde, y cada domingo servía fielmente en la iglesia de su barrio. Todos lo apreciaban por su serenidad y su confianza en Dios. Sin embargo, desde hacía meses, Pedro sentía molestias al orinar y dolores que iban aumentando poco a poco. Rosa le insistía constantemente que fuera al médico. —Pedro, eso no es normal —le decía preocupada mientras servía el desayuno—. Deberías revisarte. Pedro restaba importancia. —Seguro es la edad, mujer. Ya se me va a pasar. Pero no se pasó. Con el tiempo, el dolor aumentó. Comenzó a bajar de peso y se cansaba fácilmente. Una madrugada despertó con un fuerte dolor que lo dejó doblado junto a la cama. Rosa se alarmó. —¡Ya no más, Pedro! Mañana mismo iremos al hospital. Después de varios exámenes, Pedro y Rosa estaban sentados frente al doctor Ramírez, un especialista se...

PREDIQUÉ Y NADIE SE CONVIRTIÓ

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   El bus avanzaba lentamente por los caminos serpenteantes de la sierra. Entre montañas cubiertas de neblina y el canto lejano de las aves, Tomás Vilchez observaba por la ventana con el corazón encendido. —Señor, úsame —susurró cerrando los ojos—. Estoy listo. Recién egresado del seminario bíblico, llevaba en su maleta una Biblia gastada, algunos cuadernos y una fe que parecía no caber en su pecho. Aquella sería su primera experiencia predicando fuera de la ciudad. Al llegar al pequeño pueblo, fue recibido por algunos hermanos de la iglesia local. Las casas de adobe, el aire frío y el silencio del lugar contrastaban con el entusiasmo de Tomás. —Hermano Tomás, bienvenido —dijo uno de ellos con una sonrisa amable—. Mañana estará predicando. Tomás asintió con emoción. —Gracias, hermano. Dios hará grandes cosas. La iglesia era pequeña. Apenas unas cuantas bancas de madera y un púlpito sencillo. Esa noche, Tomás predicó con todo su corazón. —¡Cristo transforma vidas! —exclamaba co...

EL TOQUE DEL CIELO

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    El calor húmedo de Iquitos parecía más pesado aquel día. Julio Rengifo, un joven de apenas 27 años, sintió que el mundo se le venía abajo cuando el médico del hospital regional bajó los ojos y dijo con voz apagada: —Julio… los exámenes son claros. Es un cáncer gástrico avanzado. El silencio llenó la pequeña oficina. Doña Rosa, su madre, apretó entre sus manos un pañuelo gastado. —¿Avanzado, dice, doctor? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Eso quiere decir que mi hijo…? El doctor Carrillo suspiró. —Haremos lo posible, señora, pero necesita tratamiento especializado. En Lima… en el Instituto de Enfermedades Neoplásicas. Julio no decía nada. Solo miraba por la ventana, a las palmeras que se mecían con el viento. La palabra “cáncer” le zumbaba en los oídos como un eco sin fin. Era joven, tenía sueños, y ahora sentía que todo se derrumbaba. Vendieron lo poco que tenían: una mototaxi vieja, algunas herramientas, y la pequeña radio que su padre le había dejado. En el barco que los...