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EL TOQUE DEL CIELO

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    El calor húmedo de Iquitos parecía más pesado aquel día. Julio Rengifo, un joven de apenas 27 años, sintió que el mundo se le venía abajo cuando el médico del hospital regional bajó los ojos y dijo con voz apagada: —Julio… los exámenes son claros. Es un cáncer gástrico avanzado. El silencio llenó la pequeña oficina. Doña Rosa, su madre, apretó entre sus manos un pañuelo gastado. —¿Avanzado, dice, doctor? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Eso quiere decir que mi hijo…? El doctor Carrillo suspiró. —Haremos lo posible, señora, pero necesita tratamiento especializado. En Lima… en el Instituto de Enfermedades Neoplásicas. Julio no decía nada. Solo miraba por la ventana, a las palmeras que se mecían con el viento. La palabra “cáncer” le zumbaba en los oídos como un eco sin fin. Era joven, tenía sueños, y ahora sentía que todo se derrumbaba. Vendieron lo poco que tenían: una mototaxi vieja, algunas herramientas, y la pequeña radio que su padre le había dejado. En el barco que los...

LA ESPIRAL DESCENDENTE

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A medida que pasaban los meses, Pedro comenzó a pasar más tiempo con sus amigos. Las tardes de estudio se volvieron más esporádicas, reemplazadas por reuniones donde el alcohol y las drogas eran el centro de atención. Cada vez que fumaba o bebía más de la cuenta, sentía un vacío creciente, pero no sabía cómo llenarlo. Un día, Andrés le preguntó directamente: —Pedro, ¿realmente crees en Dios? Porque si lo haces, no se nota. Esa pregunta lo sacudió. No porque dudara de su fe, sino porque sabía que sus acciones no reflejaban las enseñanzas de su padre ni los valores con los que había crecido. —No sé, Andrés. Supongo que es complicado —respondió, evitando mirar a su amigo a los ojos. Pero la realidad era clara: Pedro estaba perdiéndose en un mundo que no lo satisfacía, pero que tampoco sabía cómo abandonar. Por las noches, solo en su pequeña habitación, Pedro solía reflexionar sobre su situación. Miraba la vieja Biblia que su padre le había regalado antes de partir. Aunque no la abría, la ...

BUEN SIERVO Y FIEL

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  El pastor Eliseo Ramírez había entregado su vida entera al servicio de Dios. Desde joven, cuando sintió el llamado al ministerio, supo que su vida no sería fácil, pero jamás imaginó cuánto habría de sacrificar. Recorrió pueblos, caminó por caminos polvorientos, levantó templos con sus propias manos, y predicó con pasión en plazas y casas humildes. No buscaba reconocimiento ni riqueza; su mayor gozo era ver almas rendidas a Cristo. Durante años, sostuvo su ministerio con lo poco que tenía. Cuando no había ofrendas, vendía algo de su hogar para seguir predicando. Su esposa lo acompañó con paciencia, y juntos criaron a sus hijos en medio de la escasez, pero con una fe inquebrantable. —“Dios proveerá”, decía siempre Eliseo, mientras remendaba sus zapatos gastados o preparaba el mensaje del domingo. Pasaron los años, y el cabello negro del pastor se tornó blanco como la nieve. Su voz ya no tenía la fuerza de antes, y su vista comenzaba a fallar. Sin embargo, su corazón seguía ardiendo...

OLVIDADO POR LOS HOMBRES, RECORDADO POR DIOS

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  Elías Ríos siempre supo que su vida no sería ordinaria. Desde su juventud, en la ciudad de Lima, sintió el fuego ardiente del llamado misionero. Mientras sus amigos soñaban con emigrar fuera del país, él soñaba con ir a alguna ciudad de la Amazonía para hablar del amor de Cristo a quienes nunca habían oído su nombre. Después de completar sus estudios teológicos, fue comisionado por una institución evangélica con sede en Lima. Con alegría y determinación, partió con su esposa María y sus dos pequeños hijos, Karen y Josué, hacia una comunidad ribereña cerca del río Ucayali. Los primeros días fueron duros, pero llenos de gozo. Aprendieron a adaptarse, compartían con los pobladores, organizaban cultos al aire libre bajo la sombra de los árboles. La iglesia empezaba a formarse. Pasaron los meses. El entusiasmo inicial fue reemplazado por incertidumbre. Las cartas que Elías enviaba solicitando apoyo económico y materiales no recibían respuesta. La cuenta bancaria quedó vacía. No ...

UN COBRADOR DIFERENTE

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  La combi me llevaba por la avenida Argentina. Era una mañana bastante calurosa, y el vehículo estaba abarrotado de gente. Para colmo de males había un embotellamiento terrible y yo tenía que llegar a tiempo a mis clases de karate. Lo trágico era que estábamos en el centro de Lima, y yo tenía que irme hasta el Callao. Estaba desesperado, pero interiormente percibía la voz de Dios que me decía “no te afanes”. Bien, deseaba no preocuparme, pero me sentía “tranquilamente angustiado”, si es que de alguna manera pudiera explicar lo que había en mi interior. Al parecer, no era el único, había muchos más como yo, a quienes supongo el Señor no les habrá hablado, pues no podían contener su impaciencia y simplemente la dejaban salir a la luz. n ¡Oiga chofer, acelere pues! n ¡Señor a este paso, vamos a llegar mañana! n ¿No puede ir por otra ruta? Al chofer lo veía con una pasividad envidiable, al parecer nada de lo que le decían le llamaba la atención, cosa que generalmente no s...

EL AGOTAMIENTO DE MOISÉS

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INTRODUCCIÓN : Moisés estaba cansado de las quejas del pueblo de Israel. Llegó un momento en que hasta deseó morirse. Cuando uno se estresa tiene el deseo de dejarlo todo, es triste ver que algunos a causa de ese agotamiento abandonan la fe, pero Dios no quiere que abandones, sino que resistas. AGOTAMIENTO : De agotar: Extraer todo el líquido contenido en un receptáculo. Gastar del todo, consumirse. 1.     La queja y la murmuración son desagradables ante los ojos de Dios. Es una muestra de desconfianza e incredulidad. Dios castigó al pueblo de Israel con un terrible incendio, al punto que Moisés tuvo que interceder para que se aplaque la ira de Dios, vs. 1-3. 2.     El pueblo de Israel estaba siendo alimentado por Dios en el desierto, el maná era el alimento de todos los días. Pero tanto maná los cansó, ahora el problema no era el maná, sino la actitud de ellos. A Dios no hay que pedirle con queja y murmuración, sino con ruego y agradecimiento, vs. ...