LA ESPIRAL DESCENDENTE




A medida que pasaban los meses, Pedro comenzó a pasar más tiempo con sus amigos. Las tardes de estudio se volvieron más esporádicas, reemplazadas por reuniones donde el alcohol y las drogas eran el centro de atención. Cada vez que fumaba o bebía más de la cuenta, sentía un vacío creciente, pero no sabía cómo llenarlo.
Un día, Andrés le preguntó directamente:
—Pedro, ¿realmente crees en Dios? Porque si lo haces, no se nota.
Esa pregunta lo sacudió. No porque dudara de su fe, sino porque sabía que sus acciones no reflejaban las enseñanzas de su padre ni los valores con los que había crecido.
—No sé, Andrés. Supongo que es complicado —respondió, evitando mirar a su amigo a los ojos.
Pero la realidad era clara: Pedro estaba perdiéndose en un mundo que no lo satisfacía, pero que tampoco sabía cómo abandonar.
Por las noches, solo en su pequeña habitación, Pedro solía reflexionar sobre su situación. Miraba la vieja Biblia que su padre le había regalado antes de partir. Aunque no la abría, la mantenía en su mesa de noche como un recordatorio silencioso de lo que había sido su vida antes de llegar a Lima.
—Papá, si estuvieras aquí, ¿qué me dirías? —murmuraba al techo, sintiendo una punzada de culpa en el pecho.
Había días en los que pensaba en abandonar todo y regresar al Monzón, pero su orgullo y el miedo a ser visto como un fracaso lo detenían. Además, su amor por su profesión seguía siendo su motivación principal, aunque ahora estaba enredado en un estilo de vida que lo alejaba de sus objetivos.
Pedro comenzó a notar los efectos de sus decisiones. Su rendimiento académico bajó, y las largas noches de fiesta afectaban su salud. Pero lo que más lo inquietaba era la distancia que sentía de Dios. Aunque no era plenamente consciente, algo en su interior le pedía volver a sus raíces.
Una tarde, mientras caminaba por los jardines de la universidad, vio a un grupo de estudiantes cristianos reunidos en un círculo, cantando y orando. Los observó desde la distancia, sintiendo una mezcla de añoranza y vergüenza.
—¿Qué estoy haciendo con mi vida? —se preguntó, apretando los puños.
Pedro estaba en una encrucijada. Sabía que debía tomar una decisión: seguir hundiéndose en un estilo de vida que lo estaba destruyendo o buscar un nuevo comienzo. Aunque aún no tenía claro qué haría, el recuerdo de su padre, la fe de su madre y las enseñanzas de su infancia comenzaban a hacerse más presentes en su mente.
El primer paso hacia el cambio estaba a la vista, pero Pedro parece que no se sentía listo para realizarlo.

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