UN FIN DE SEMANA TRÁGICO
La semana Santa
se ha constituido en un evento de fiesta, diversión y trago para muchos, y para
otros, es una semana de reflexión acerca de la vida y muerte de nuestro
Salvador. Uno puede ver calles abarrotadas de personas que cargan alguna imagen
de una virgen, o un Cristo crucificado metido en una urna, echado como si
estuviera descansando; otros montan un teatro con artistas y escenifican
Yo me
encontraba un poco cansado porque había sido para mí estos dos últimos meses de
intenso trabajo y estudio, incluso no tuve el tiempo suficiente para poder asistir
a la iglesia, así que decidí irme por cuatro días, desde el jueves hasta el
domingo a algún lugar del sur de Lima, escapando de la bulla de la ciudad y del
estrés agobiante.
Son miles los
que abandonan la capital para irse a las playas del sur, se calcula que entre
Pedro, un
amigo del barrio, se me acercó y me dijo con una semana de anticipación que
deseaba irse a una playa del sur, y que lo acompañe, pero cuando descubrí que
iría con amigas, y que llevaría cerveza, y que acamparían en la playa, la
verdad que lo pensé dos veces. Sin embargo, le propuse algo.
n ¿Adónde
exactamente van ustedes? -le pregunté.
n Nos
vamos a Pisco, y de allí a Paracas. Oye la vamos a pasar chévere, no te
arrepentirás.
n Mas
bien, qué tal si en la ruta me dejas en Cañete, yo de allí me voy para
Lunahuaná. Te soy sincero, Pedro, tú sabes que yo soy cristiano y…
n Sí,
ya sé -parece que se sabía mi discurso, bueno es que a él siempre le comparto
n Oye,
perdóname -esto sí que tenía que aclararlo-, las mujeres sí me gustan, aunque
no todas. Estoy orando para que el Señor me dé mi compañera de toda la vida. No
soy de vacilones, Pedro, tú lo sabes.
n Está
bien amigo -se reía-, te dejaré en Cañete, ¿pero te vas a ir solo a Lunahuaná?
Llévate a una de mis chicas -seguía con el cachondeo- para que la pases bien en
tu retiro espiritual.
n ¡Ya,
oye, déjate de vainas!
Bueno accedió
de buena gana llevarme y dejarme en Cañete, lo cual fue positivo porque así me
ahorraba el pasaje de ida. Pensaba llegar a Cañete, luego abordar el carro que
me lleve a Lunahuaná y alquilar un hotel allí, instalarme, y pasar esos cuatro
días a la orilla del río en un ambiente campestre, como era lo que realmente me
gustaba; quizá, si el ánimo estaba bueno, poder hacer un poco de canotaje.
Estaba ansioso por ese día.
Llegó el
jueves. Eran las 9:00 de la mañana, yo todavía en cama, es que la noche
anterior había estado en la casa de unos hermanos e hicimos una media vigilia,
y retorné a casa como a las tres de la mañana. Estaba rendido, con sueño, y me
había olvidado de que tenía que viajar el jueves en la mañana.
Pedro, tocaba
su bocina como loco, unos golpes fuertes en la puerta de mi cuarto me
sobrecogieron despertándome al toque.
n ¿Qué
pasa, porque no dejan dormir?
n ¿No
has quedado en ir a Cañete? -me respondió la voz ronca de mi padre-, ese tu
amigo me va a romper los tímpanos. ¿Quieres salir de una vez a atenderlo?
Me levanté
rápido, me asomé por la ventana, y pude ver a Pedro que me hacía señas de que
me apure, porque llevaba prisa. Bien me cambié, ya no pude bañarme, felizmente
que mi maletín lo hice el día anterior. Bajé de mi cuarto, y me despedí de
todos.
n ¿No
vas a desayunar? -me preguntó mi madre.
n Disculpa,
mamá, pero llevo prisa. Regreso el domingo en la tarde. Comeré algo en el camino.
n Sí,
vete de una vez -contesto mi viejo-, ya no aguanto ese ruido.
Cuando me
acerqué a la puerta, volteé a ver a mis padres, y vi a mi papá que se despedía
con un guiño.
n Cuídate,
hijo.
n Lo
haré papá. Los quiero mucho. Hasta el domingo.
Pedro, llevaba
su camioneta Toyota de doble cabina, y la tolva estaba llena de maletas y
carpas, cajas de gaseosas, y por supuesto, de cerveza en latas.
n Buenos
días con todos -saludé.
n Muchachos
he ahí a mi amigo, amigo, he ahí a los muchachos - dijo Pedro.
Todos me
saludaron con un hola. Pude notar que había dos varones y tres chicas, lo cual
me ponía incómodo, conociendo a Pedro, que para conseguir pareja a los
compañeros es único. No podía negar que las chicas eran simpáticas, y esto me
estaba preocupando. Peor aún porque había una de ellas que no dejaba de
mirarme, y cada vez que lo hacía me sonreía. Pedro, que para estas cosas es
trome, se había dado cuenta de que Marcela, así se llamaba la joven, me había
echado el ojo. No puedo negar que tenía su atractivo, pero en mis planes no
había el deseo de pasarla con ninguna mujer, quería que este retiro sea lo más
espiritualmente posible. El problema es que cuando uno quiere ser espiritual,
se presenta alguna ocasión o algún agente que quiere aguarte la fiesta, espiritual
claro. Aunque no quería pensar mal sobre la joven, sospechaba que el enemigo
seguramente la quería utilizar para desviarme de mis sanas motivaciones. Así
que había que estar alerta, y orar para que no pase nada malo, y esto es
precisamente lo que hice mientras viajaba.
Hicimos una parada
en Lurín para proveernos de comida. Tomamos un desayuno ligero, y luego
abordamos la camioneta. Bien, pensé que todos iban a ubicarse en sus asientos,
así como partimos, y así fue, solo que hubo una pequeña variación, Marcela se
sentó a mi lado, y ahora sí que la tentación estaba más cerca de lo que yo
pensaba.
n Dime
Christian -preguntó Pedro- ¿cómo es ese retiro espiritual?
n Bueno,
es un tiempo en el cual me dedico a leer
n ¿Por
qué Christian?, -preguntó Lucrecia- ¿estás desordenado?
Todos se
reían. También me reí con ellos, un poco como para seguirles la corriente.
n En
realidad, creo que todos nosotros debemos poner en orden nuestras vidas. Pienso
que Dios quiere ayudarnos a hacerlo, y especialmente en esta semana acostumbro
salir a algún sitio con ese fin.
n Dime
Christian, -preguntó Marcela, la tentación- ¿y acostumbras a ir solo, nadie te
puede acompañar?
n Ah,
no claro, puede ir cualquiera, siempre y cuando sea con ese fin.
n ¿Te
podría acompañar Christian? -me preguntó Marcela, poniendo su mano sobre mi
pierna.
“¡Santo Dios!
¡ayúdame, porque ahora sí que me siento como Daniel en el foso de los leones!”.
Veía a Pedro que le guiñaba el ojo a Lucrecia que estaba sentada adelante junto
con él, y los otros chicos se reían. No me extraña que Pedro haya premeditado
las cosas así. Así que ahora tenía que tomar las precauciones del caso.
n Bueno
Marcela, podrías acompañarme, pero tal vez sea para otra oportunidad, porque
ahora quisiera estar solo. Pero si quieres el próximo domingo podemos ir a la
iglesia -definitivamente que iría acompañado de algunos hermanos más-, te
aseguro que te gustará.
Marcela,
parece que no se dio por vencida.
n Pero
Christian, yo quisiera que también me permitas conocer un poco de lo que a ti
te gusta.
n ¿A
qué te refieres?
n A
las cosas de Dios.
Vi extrañeza
en el rostro de Pedro, y de los demás muchachos, parece que esto no estaba
dentro de lo previsto.
n ¿De
veras Marcela? -preguntó Jacinto- ¿Te interesan esas cosas?
n Sí,
me interesan. Antes iba a una iglesia cristiana, cerca de mi casa, lo que pasa
es que cuando nos mudamos dejé de hacerlo.
n ¿Y
te volviste mundana? -dijo riéndose Toña.
n Tienes
razón. Me volví mundana, especialmente cuando los conocí a ustedes.
Eso sí fue un
golpe bajo. Hubo silencio, al parecer causó molestia en algunos.
n ¿No
me digas que ahora quieres ser santa, mamita? -preguntó Lucrecia.
n Parece
que Christian, la ha contagiado -dijo Toña.
n Más
cuidado Marcela -dijo Jacinto- recién te acabo de conocer, así que no creo que
me incluyas.
n Bueno
chicos ya, dejémoslo así -dijo Pedro- si Marcela quiere ir con Christian a su
retiro espiritual, y quiere ser santa, es su elección. No la molesten. Pero
llévala, pues Christian……- y guiñándole el ojo a Lucrecia, dijo-: te puede
ayudar espiritualmente.
La
conversación empezó a tomar otro giro, hablaban de dónde acampar, pero Marcela
se interesó en conversar conmigo. Me hablaba con voz queda, y decidí
responderle igual, ya que me preguntaba sobre
n Pedro,
sería mejor que no tomes…recuerda que estás manejando.
n Mira
Christian, yo no te digo lo que tienes que hacer con tu vida. Así que, haz tú
lo mismo.
n ¡Eso
hombre! -dijo Toña, y los demás aplaudían- ¡así se habla!
Marcela, me
escuchaba con interés. No sé si lo hacía porque le agradaba yo, o porque realmente
Dios estaba tocando su corazón, pero me asombró su deseo de escuchar de
A medida que
conversaba con Marcela percibía el estado de ánimo de los chicos. Estaban
alegres, y abrían a cada rato latas de cerveza. Pedro, especialmente era quien
más preocupaba porque iba al volante, ya estábamos cerca de Bujama, y se ponía
a hacer piruetas con su camioneta a alta velocidad. Los chicos celebraban esto,
pero a Marcela la vi tensa, y yo no podía ocultar mi intranquilidad, no me
hacía caso Pedro, cuando le hablaba.
n ¡Pedro,
deja de jugar con la camioneta, o me bajo!
Tronó la voz
de Marcela. Algo que hizo que él bajara la velocidad inmediatamente, y los
demás se sobresaltaran. Creo que faltaba ese toque femenino para que Pedro
reaccionara.
n ¿Qué
pasa mi amor, porque te pones así? -dijo Pedro sonriéndose y con evidentes
signos de ebriedad- ¿No me digas que ya te aburrió Christian?
n Mira,
si sigues hablando tonterías, me bajo en este momento.
n Calma
chica -dijo Lucrecia-, calma. Te está haciendo una broma. ¿No puedes aceptar
una broma de buen gusto?
Todos se
reían. Notaba que estaban afectados por la cerveza, así que esta situación se
puso dificultosa. Veía a Marcela, sumamente preocupada.
n ¿Si
quieres nos bajamos? - le dije.
n Mejor
lo hacemos en Cañete, yo no voy a seguir con ellos, así como están. A mí no me
gusta que tomen cuando estamos viajando.
Pedro era el
que se notaba que estaba más mareado que los demás, pero parece que a los
chicos no les interesaba esto. Le dije que se detenga, pero no me hizo caso, y
aceleró más, los demás celebraban sus ocurrencias. Hasta que sucedió algo que
creo que fue del Señor, se reventó la llanta de atrás, parecía que nos hubieran
soltado una descarga de dinamita en nuestro costado que hizo remecer el
vehículo. El susto hizo que se les pasara la borrachera a todos. Aproveché la
oportunidad para bajarme y Marcela me siguió. Pedro y los demás proferían
lisuras, pero yo agradecía al Señor.
n Jacinto
saca el repuesto, está en la tolva -dijo Pedro refunfuñando.
Cambiaron la llanta.
Jacinto y Toña se abocaron a esto, mientras que Pedro se sentó sobre una piedra
al costado de la carretera y seguía tomando cerveza. Se notaba que ya no
hablaba bien, y arrastraba las palabras; aunque aparentaba estar sereno, estaba
borracho. Marcela, ya no quería seguir viajando, y yo tampoco. Decidimos
quedarnos en el camino, estábamos a la altura de Asia.
n Bien,
chicos -dijo Marcela- así no vamos a ningún sitio, yo me quedo aquí, me regreso
a Lima.
n ¿Pero
qué dices amiga? -dijo Lucrecia- no eches a perder el paseo, mira que eres mala
gente.
Se produjo una
discusión, yo apoyaba a Marcela y los demás querían continuar el viaje. Bien al
final decidimos que Pedro ya no maneje.
n El
problema es ¿quién lo hará ahora? -preguntó Toña.
Yo sé manejar
auto, pero no tenía brevete, así que pensé en alguien del grupo, pero pensé mal,
pues aparte de mí, nadie más sabía.
n Gracias
Christian -dijo Pedro que se le notaba colorado y borracho- te debo una.
Con esto
consideraba mi pasaje pagado.
Todos estaban
contentos de que yo manejara, especialmente Marcela.
n Pero
eso sí -tenía que recordarles- sólo hasta Cañete.
n No
te preocupes -dijo Lucrecia- en Cañete le vamos a dar un café negro a este
borracho, y vas a ver que se va a poner como nuevo.
n ¿Me
van a presentar a un negro? -contestó Pedro, que ya no sabía lo que hablaba.
Festejaban las
ocurrencias de Pedro.
Por el espejo
retrovisor, miraba a Pedro durmiendo apoyado sobre Lucrecia, adelante se
acomodó Marcela, como siempre a mi lado, y los otros chicos celebraban de que
yo sea el nuevo chofer.
n Gracias
a Dios por habernos enviado su ángel -dijo Toña
Pensaba que,
si se aparece un patrullero de carreteras y me pedía el brevete, sí estaría en
serios problemas. Oraba al Señor para que esto no sucediera. Estábamos cerca de
Cerro Azul, y había justo a la entrada un patrullero. Mi oración se hizo más intensa,
felizmente no pasó nada.
Por fin
llegamos a Cañete. Nos detuvimos en un grifo y me bajé, Marcela se bajó junto
conmigo, estaba decidida a no seguir. Los chicos porfiaban a que los acompañemos,
pero nos mantuvimos en nuestra decisión. Finalmente llevaron a Pedro a un restaurante
y le dieron todo el café posible, incluso lo bañaron y se le pasó algo la
borrachera. Les sugerí que mejor se queden en Cañete hasta que se ponga bien
Pedro, pero no me hicieron caso y se fueron.
Marcela estaba
mirándome, y yo no sabía qué hacer. Así que la invité a almorzar, conversamos.
Fue un momento especial para poder hablarle con libertad de
De regreso a
Lima el domingo, después de haber pasado un tiempo especial con el Señor, me
enteré de que hubo una tragedia en la carretera. La camioneta de Pedro dio
vuelta de campana cerca de la garita de control de Chincha. El saldo, dos
muertos, Lucrecia y Jacinto son los que llevaron la peor parte, y Pedro se
rompió la columna y quedó inválido; Toña sufrió roturas en las piernas y algunas
costillas. Esto me causó una profunda pena, incluso en mi cuarto al recordarlos
en mis oraciones me puse a llorar por ellos, especialmente por los que
partieron, porque creo que lo hicieron sin haber entregado sus vidas a Cristo.
A los pocos
días me llamó Marcela, estaba consternada por todo lo sucedido. Me agradeció
por haberle salvado la vida, aunque le dije que mejor se lo agradezca al Señor,
porque en realidad Él, nos salvó a los dos. El domingo nos encontramos y fuimos
a la iglesia, y algo maravilloso sucedió esa mañana, Marcela recibió a Cristo
en su corazón, me dio gusto el verla pasar adelante, y ver esas lágrimas de
arrepentimiento. A partir de ese momento fue una mujer diferente.
Después de
todo, esta semana santa no fue tan trágica, porque el Señor permitió que un
alma sea ganada para Él, y a la vez permitió que yo fuera el instrumento para
poder guiarla a Cristo.



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