UN FIN DE SEMANA TRÁGICO

 


La semana Santa se ha constituido en un evento de fiesta, diversión y trago para muchos, y para otros, es una semana de reflexión acerca de la vida y muerte de nuestro Salvador. Uno puede ver calles abarrotadas de personas que cargan alguna imagen de una virgen, o un Cristo crucificado metido en una urna, echado como si estuviera descansando; otros montan un teatro con artistas y escenifican la Pasión de Jesús, lo hacen con la finalidad de difundir la fe; y otros, con motivaciones menos santas, para poder llevarse algunos centavos al bolsillo. Bien, sea como fuere, la semana santa se nos presenta como un abanico de posibilidades para difundir la fe, pero son pocos los que verdaderamente le dan el sentido auténtico que tiene: recordar el significado de la muerte expiatoria de Cristo.

Yo me encontraba un poco cansado porque había sido para mí estos dos últimos meses de intenso trabajo y estudio, incluso no tuve el tiempo suficiente para poder asistir a la iglesia, así que decidí irme por cuatro días, desde el jueves hasta el domingo a algún lugar del sur de Lima, escapando de la bulla de la ciudad y del estrés agobiante.

Son miles los que abandonan la capital para irse a las playas del sur, se calcula que entre 60 a 70 mil vehículos salen de Lima en semana santa, y se estima que en ellos viajan más de setecientas mil personas, a “pasar un buen rato”. Así que decidí salir yo también, pero mi interés era sinceramente espiritual.

Pedro, un amigo del barrio, se me acercó y me dijo con una semana de anticipación que deseaba irse a una playa del sur, y que lo acompañe, pero cuando descubrí que iría con amigas, y que llevaría cerveza, y que acamparían en la playa, la verdad que lo pensé dos veces. Sin embargo, le propuse algo.

n ¿Adónde exactamente van ustedes? -le pregunté.

n Nos vamos a Pisco, y de allí a Paracas. Oye la vamos a pasar chévere, no te arrepentirás.

n Mas bien, qué tal si en la ruta me dejas en Cañete, yo de allí me voy para Lunahuaná. Te soy sincero, Pedro, tú sabes que yo soy cristiano y…

n Sí, ya sé -parece que se sabía mi discurso, bueno es que a él siempre le comparto la Palabra de Dios- no te gusta tomar, fumar, bailar, menos te gustan las mujeres…

n Oye, perdóname -esto sí que tenía que aclararlo-, las mujeres sí me gustan, aunque no todas. Estoy orando para que el Señor me dé mi compañera de toda la vida. No soy de vacilones, Pedro, tú lo sabes.

n Está bien amigo -se reía-, te dejaré en Cañete, ¿pero te vas a ir solo a Lunahuaná? Llévate a una de mis chicas -seguía con el cachondeo- para que la pases bien en tu retiro espiritual.

n ¡Ya, oye, déjate de vainas!

Bueno accedió de buena gana llevarme y dejarme en Cañete, lo cual fue positivo porque así me ahorraba el pasaje de ida. Pensaba llegar a Cañete, luego abordar el carro que me lleve a Lunahuaná y alquilar un hotel allí, instalarme, y pasar esos cuatro días a la orilla del río en un ambiente campestre, como era lo que realmente me gustaba; quizá, si el ánimo estaba bueno, poder hacer un poco de canotaje. Estaba ansioso por ese día.

Llegó el jueves. Eran las 9:00 de la mañana, yo todavía en cama, es que la noche anterior había estado en la casa de unos hermanos e hicimos una media vigilia, y retorné a casa como a las tres de la mañana. Estaba rendido, con sueño, y me había olvidado de que tenía que viajar el jueves en la mañana.

Pedro, tocaba su bocina como loco, unos golpes fuertes en la puerta de mi cuarto me sobrecogieron despertándome al toque.

n ¿Qué pasa, porque no dejan dormir?

n ¿No has quedado en ir a Cañete? -me respondió la voz ronca de mi padre-, ese tu amigo me va a romper los tímpanos. ¿Quieres salir de una vez a atenderlo?

Me levanté rápido, me asomé por la ventana, y pude ver a Pedro que me hacía señas de que me apure, porque llevaba prisa. Bien me cambié, ya no pude bañarme, felizmente que mi maletín lo hice el día anterior. Bajé de mi cuarto, y me despedí de todos.

n ¿No vas a desayunar? -me preguntó mi madre.

n Disculpa, mamá, pero llevo prisa. Regreso el domingo en la tarde. Comeré algo en el camino.

n Sí, vete de una vez -contesto mi viejo-, ya no aguanto ese ruido.

Cuando me acerqué a la puerta, volteé a ver a mis padres, y vi a mi papá que se despedía con un guiño.

n Cuídate, hijo.

n Lo haré papá. Los quiero mucho. Hasta el domingo.

Pedro, llevaba su camioneta Toyota de doble cabina, y la tolva estaba llena de maletas y carpas, cajas de gaseosas, y por supuesto, de cerveza en latas.

n Buenos días con todos -saludé.

n Muchachos he ahí a mi amigo, amigo, he ahí a los muchachos - dijo Pedro.

Todos me saludaron con un hola. Pude notar que había dos varones y tres chicas, lo cual me ponía incómodo, conociendo a Pedro, que para conseguir pareja a los compañeros es único. No podía negar que las chicas eran simpáticas, y esto me estaba preocupando. Peor aún porque había una de ellas que no dejaba de mirarme, y cada vez que lo hacía me sonreía. Pedro, que para estas cosas es trome, se había dado cuenta de que Marcela, así se llamaba la joven, me había echado el ojo. No puedo negar que tenía su atractivo, pero en mis planes no había el deseo de pasarla con ninguna mujer, quería que este retiro sea lo más espiritualmente posible. El problema es que cuando uno quiere ser espiritual, se presenta alguna ocasión o algún agente que quiere aguarte la fiesta, espiritual claro. Aunque no quería pensar mal sobre la joven, sospechaba que el enemigo seguramente la quería utilizar para desviarme de mis sanas motivaciones. Así que había que estar alerta, y orar para que no pase nada malo, y esto es precisamente lo que hice mientras viajaba.

Hicimos una parada en Lurín para proveernos de comida. Tomamos un desayuno ligero, y luego abordamos la camioneta. Bien, pensé que todos iban a ubicarse en sus asientos, así como partimos, y así fue, solo que hubo una pequeña variación, Marcela se sentó a mi lado, y ahora sí que la tentación estaba más cerca de lo que yo pensaba.

n Dime Christian -preguntó Pedro- ¿cómo es ese retiro espiritual?

n Bueno, es un tiempo en el cual me dedico a leer la Biblia, orar, salir al campo a meditar, a poner algunas cosas en orden en mi vida.

n ¿Por qué Christian?, -preguntó Lucrecia- ¿estás desordenado?

Todos se reían. También me reí con ellos, un poco como para seguirles la corriente.

n En realidad, creo que todos nosotros debemos poner en orden nuestras vidas. Pienso que Dios quiere ayudarnos a hacerlo, y especialmente en esta semana acostumbro salir a algún sitio con ese fin.

n Dime Christian, -preguntó Marcela, la tentación- ¿y acostumbras a ir solo, nadie te puede acompañar?

n Ah, no claro, puede ir cualquiera, siempre y cuando sea con ese fin.

n ¿Te podría acompañar Christian? -me preguntó Marcela, poniendo su mano sobre mi pierna.

“¡Santo Dios! ¡ayúdame, porque ahora sí que me siento como Daniel en el foso de los leones!”. Veía a Pedro que le guiñaba el ojo a Lucrecia que estaba sentada adelante junto con él, y los otros chicos se reían. No me extraña que Pedro haya premeditado las cosas así. Así que ahora tenía que tomar las precauciones del caso.

n Bueno Marcela, podrías acompañarme, pero tal vez sea para otra oportunidad, porque ahora quisiera estar solo. Pero si quieres el próximo domingo podemos ir a la iglesia -definitivamente que iría acompañado de algunos hermanos más-, te aseguro que te gustará.

Marcela, parece que no se dio por vencida.

n Pero Christian, yo quisiera que también me permitas conocer un poco de lo que a ti te gusta.

n ¿A qué te refieres?

n A las cosas de Dios.

Vi extrañeza en el rostro de Pedro, y de los demás muchachos, parece que esto no estaba dentro de lo previsto.

n ¿De veras Marcela? -preguntó Jacinto- ¿Te interesan esas cosas?

n Sí, me interesan. Antes iba a una iglesia cristiana, cerca de mi casa, lo que pasa es que cuando nos mudamos dejé de hacerlo.

n ¿Y te volviste mundana? -dijo riéndose Toña.

n Tienes razón. Me volví mundana, especialmente cuando los conocí a ustedes.

Eso sí fue un golpe bajo. Hubo silencio, al parecer causó molestia en algunos.

n ¿No me digas que ahora quieres ser santa, mamita? -preguntó Lucrecia.

n Parece que Christian, la ha contagiado -dijo Toña.

n Más cuidado Marcela -dijo Jacinto- recién te acabo de conocer, así que no creo que me incluyas.

n Bueno chicos ya, dejémoslo así -dijo Pedro- si Marcela quiere ir con Christian a su retiro espiritual, y quiere ser santa, es su elección. No la molesten. Pero llévala, pues Christian……- y guiñándole el ojo a Lucrecia, dijo-: te puede ayudar espiritualmente.

La conversación empezó a tomar otro giro, hablaban de dónde acampar, pero Marcela se interesó en conversar conmigo. Me hablaba con voz queda, y decidí responderle igual, ya que me preguntaba sobre la Biblia. Más adelante cuando estábamos por San Bartolo, vi que sacaban latas de cerveza y tomaban. Esto en realidad me preocupó, sobre todo porque Pedro, quien también tomaba, subía cada vez más la velocidad de su camioneta.

n Pedro, sería mejor que no tomes…recuerda que estás manejando.

n Mira Christian, yo no te digo lo que tienes que hacer con tu vida. Así que, haz tú lo mismo.

n ¡Eso hombre! -dijo Toña, y los demás aplaudían- ¡así se habla!

Marcela, me escuchaba con interés. No sé si lo hacía porque le agradaba yo, o porque realmente Dios estaba tocando su corazón, pero me asombró su deseo de escuchar de la Biblia. Incluso, me llamó la atención cuando le ofrecieron una cerveza, ella dijo “paso”. A mí no me la ofrecieron porque sabían que la iba a rechazar.

A medida que conversaba con Marcela percibía el estado de ánimo de los chicos. Estaban alegres, y abrían a cada rato latas de cerveza. Pedro, especialmente era quien más preocupaba porque iba al volante, ya estábamos cerca de Bujama, y se ponía a hacer piruetas con su camioneta a alta velocidad. Los chicos celebraban esto, pero a Marcela la vi tensa, y yo no podía ocultar mi intranquilidad, no me hacía caso Pedro, cuando le hablaba.

n ¡Pedro, deja de jugar con la camioneta, o me bajo!

Tronó la voz de Marcela. Algo que hizo que él bajara la velocidad inmediatamente, y los demás se sobresaltaran. Creo que faltaba ese toque femenino para que Pedro reaccionara.

n ¿Qué pasa mi amor, porque te pones así? -dijo Pedro sonriéndose y con evidentes signos de ebriedad- ¿No me digas que ya te aburrió Christian?

n Mira, si sigues hablando tonterías, me bajo en este momento.

n Calma chica -dijo Lucrecia-, calma. Te está haciendo una broma. ¿No puedes aceptar una broma de buen gusto?

Todos se reían. Notaba que estaban afectados por la cerveza, así que esta situación se puso dificultosa. Veía a Marcela, sumamente preocupada.

n ¿Si quieres nos bajamos? - le dije.

n Mejor lo hacemos en Cañete, yo no voy a seguir con ellos, así como están. A mí no me gusta que tomen cuando estamos viajando.

Pedro era el que se notaba que estaba más mareado que los demás, pero parece que a los chicos no les interesaba esto. Le dije que se detenga, pero no me hizo caso, y aceleró más, los demás celebraban sus ocurrencias. Hasta que sucedió algo que creo que fue del Señor, se reventó la llanta de atrás, parecía que nos hubieran soltado una descarga de dinamita en nuestro costado que hizo remecer el vehículo. El susto hizo que se les pasara la borrachera a todos. Aproveché la oportunidad para bajarme y Marcela me siguió. Pedro y los demás proferían lisuras, pero yo agradecía al Señor.

n Jacinto saca el repuesto, está en la tolva -dijo Pedro refunfuñando.

Cambiaron la llanta. Jacinto y Toña se abocaron a esto, mientras que Pedro se sentó sobre una piedra al costado de la carretera y seguía tomando cerveza. Se notaba que ya no hablaba bien, y arrastraba las palabras; aunque aparentaba estar sereno, estaba borracho. Marcela, ya no quería seguir viajando, y yo tampoco. Decidimos quedarnos en el camino, estábamos a la altura de Asia.

n Bien, chicos -dijo Marcela- así no vamos a ningún sitio, yo me quedo aquí, me regreso a Lima.

n ¿Pero qué dices amiga? -dijo Lucrecia- no eches a perder el paseo, mira que eres mala gente.

Se produjo una discusión, yo apoyaba a Marcela y los demás querían continuar el viaje. Bien al final decidimos que Pedro ya no maneje.

n El problema es ¿quién lo hará ahora? -preguntó Toña.

Yo sé manejar auto, pero no tenía brevete, así que pensé en alguien del grupo, pero pensé mal, pues aparte de mí, nadie más sabía.

n Gracias Christian -dijo Pedro que se le notaba colorado y borracho- te debo una.

Con esto consideraba mi pasaje pagado.

Todos estaban contentos de que yo manejara, especialmente Marcela.

n Pero eso sí -tenía que recordarles- sólo hasta Cañete.

n No te preocupes -dijo Lucrecia- en Cañete le vamos a dar un café negro a este borracho, y vas a ver que se va a poner como nuevo.

n ¿Me van a presentar a un negro? -contestó Pedro, que ya no sabía lo que hablaba.

Festejaban las ocurrencias de Pedro.

Por el espejo retrovisor, miraba a Pedro durmiendo apoyado sobre Lucrecia, adelante se acomodó Marcela, como siempre a mi lado, y los otros chicos celebraban de que yo sea el nuevo chofer.

n Gracias a Dios por habernos enviado su ángel -dijo Toña

Pensaba que, si se aparece un patrullero de carreteras y me pedía el brevete, sí estaría en serios problemas. Oraba al Señor para que esto no sucediera. Estábamos cerca de Cerro Azul, y había justo a la entrada un patrullero. Mi oración se hizo más intensa, felizmente no pasó nada.

Por fin llegamos a Cañete. Nos detuvimos en un grifo y me bajé, Marcela se bajó junto conmigo, estaba decidida a no seguir. Los chicos porfiaban a que los acompañemos, pero nos mantuvimos en nuestra decisión. Finalmente llevaron a Pedro a un restaurante y le dieron todo el café posible, incluso lo bañaron y se le pasó algo la borrachera. Les sugerí que mejor se queden en Cañete hasta que se ponga bien Pedro, pero no me hicieron caso y se fueron.

Marcela estaba mirándome, y yo no sabía qué hacer. Así que la invité a almorzar, conversamos. Fue un momento especial para poder hablarle con libertad de la Palabra de Dios, la vi deseosa de conocer más, y me dijo que quería ser mi amiga. Bien, la invité para el próximo domingo ir juntos a la iglesia, lo que me aceptó de buena gana. Finalmente, y gracias a Dios que salió de ella misma, se despidió y regresó a Lima. Así que continué con mi cruzada a Lunahuaná.

De regreso a Lima el domingo, después de haber pasado un tiempo especial con el Señor, me enteré de que hubo una tragedia en la carretera. La camioneta de Pedro dio vuelta de campana cerca de la garita de control de Chincha. El saldo, dos muertos, Lucrecia y Jacinto son los que llevaron la peor parte, y Pedro se rompió la columna y quedó inválido; Toña sufrió roturas en las piernas y algunas costillas. Esto me causó una profunda pena, incluso en mi cuarto al recordarlos en mis oraciones me puse a llorar por ellos, especialmente por los que partieron, porque creo que lo hicieron sin haber entregado sus vidas a Cristo.

A los pocos días me llamó Marcela, estaba consternada por todo lo sucedido. Me agradeció por haberle salvado la vida, aunque le dije que mejor se lo agradezca al Señor, porque en realidad Él, nos salvó a los dos. El domingo nos encontramos y fuimos a la iglesia, y algo maravilloso sucedió esa mañana, Marcela recibió a Cristo en su corazón, me dio gusto el verla pasar adelante, y ver esas lágrimas de arrepentimiento. A partir de ese momento fue una mujer diferente.

Después de todo, esta semana santa no fue tan trágica, porque el Señor permitió que un alma sea ganada para Él, y a la vez permitió que yo fuera el instrumento para poder guiarla a Cristo.

 

(Tomado de la Fe de Christian. Autor: Walter Delgado)


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Walter Delgado Barrenechea es pastor de la iglesia Alianza Cristiana y Misionera del Perú. Nació en noviembre de 1960 en Lima, estudió en el Seminario Bíblico Alianza y también realizó una Maestría en Teología Pastoral en la Facultad Teológica de la Alianza (FATELA). Ejerció el ministerio pastoral desde el año 1992 en Huánuco, Cañete, Cusco y Lima. Actualmente realiza su labor pastoral en la Comunidad Cristiana Renacer  y la Comunidad Jesus Connection y colabora con estudios bíblicos en Televisión Cristiana en Acción. Casado con Llermé Igarce, tiene tres hijos: Claudia, Jason y Joel. Es autor también de los libros "100 Sermones de Vida", "Las Obras de la Carne", "El PC de Pepe", "Un Diálogo Sincero", "La Fe de Christian", “Ecos de la Palabra”, “Gracia y Verdad”, "Una Llamada desde el Cielo", “La Misión de Juan” y “Más allá de la Fórmula”.  Libros importantes para el desarrollo y crecimiento espiritual.



 

 

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