LA ESPIRAL DESCENDENTE
A medida que pasaban los meses, Pedro comenzó a pasar más tiempo con sus amigos. Las tardes de estudio se volvieron más esporádicas, reemplazadas por reuniones donde el alcohol y las drogas eran el centro de atención. Cada vez que fumaba o bebía más de la cuenta, sentía un vacío creciente, pero no sabía cómo llenarlo. Un día, Andrés le preguntó directamente: —Pedro, ¿realmente crees en Dios? Porque si lo haces, no se nota. Esa pregunta lo sacudió. No porque dudara de su fe, sino porque sabía que sus acciones no reflejaban las enseñanzas de su padre ni los valores con los que había crecido. —No sé, Andrés. Supongo que es complicado —respondió, evitando mirar a su amigo a los ojos. Pero la realidad era clara: Pedro estaba perdiéndose en un mundo que no lo satisfacía, pero que tampoco sabía cómo abandonar. Por las noches, solo en su pequeña habitación, Pedro solía reflexionar sobre su situación. Miraba la vieja Biblia que su padre le había regalado antes de partir. Aunque no la abría, la ...