CONOCÍ A UN PASTOR

 


Es grato poder conocer a alguien, es agradable relacionarse con la gente. ¡Qué bueno es poder entablar nuevas amistades! Pienso que Dios no se equivocó cuando creyó conveniente crear al hombre como un ser social, “no es bueno que el hombre esté solo”. Si bien es cierto, la inmediata ayuda para él fue la creación de la mujer, en el fondo lo que quiso decir el Señor es que el ser humano necesita relacionarse con otros de su misma especie.
Conocí a un pastor en una iglesia rural, un santo hombre de Dios, siempre dispuesto a servir, siempre deseoso de ayudar a los demás. Tenía en su corazón un gran  objetivo: llevar a su iglesia a que se consagre cada día a Dios. Por supuesto, no todos entendían sus santas motivaciones. Había algunos que lo criticaban porque siempre se metía en la casa de los creyentes, según ellos, para hacerles perder el tiempo, o para chismosear. Realmente su único deseo era compartirles el evangelio y poder orar por ellos; asimismo ayudarles en algún problema espiritual, o quizá familiar. El pastor sabía que no todos en la iglesia apreciaban su labor. Había quienes decían que el pastor era un holgazán y vividor porque debería estar trabajando en lugar de estar viviendo de los diezmos de la iglesia. Otros cuando escuchaban sus prédicas dominicales, no querían que el pastor sea demasiado riguroso en sus exhortaciones ya que, generalmente se sentían aludidos, se molestaban y preferían no asistir, ni participar de las actividades de la iglesia, como una forma de protestar porque estaban molestos con él, pues creían  que  “se las había agarrado con ellos”.
Tuve la oportunidad de visitarlo en su casa, porque me había gustado su alocución del día domingo último. Tenía ya algún tiempo asistiendo a su iglesia, pero lamentablemente no podía sustraerme a los dimes y diretes que generalmente iban alrededor del ministro. Cuando llegué vi que su hogar era bastante pobre, tenía cuatro hijos pequeños que andaban descalzos. Me pareció que no era un buen día para el pastor, aunque me recibió amablemente, no podía ocultar su preocupación por la difícil situación económica que estaba atravesando. El más pequeño de sus hijos lloraba de hambre porque no había leche para darle, aunque el pastor me dijo que lloraba porque le dolía el estómago vi a la esposa del pastor que preparaba un poco de agua con té que recién había endulzado en una taza y la estaba vertiendo en el biberón, los otros pequeños estaban correteando en la sala, ajenos al problema que vivían y como una forma de distraerse por el hambre. Uno de los pequeños se acercó a su mamá y le susurró al oído: “¿ma no hay ni siquiera un pan duro?”, la señora le puso el dedo índice en los labios indicándole que se quede callado. Le dijo: “hijo, Dios va a proveer no te preocupes”. Me sentía mal, no podía evitar contemplar un cuadro así sobre todo en la casa de un siervo de Dios. Le dije al pastor que no trate de disimular nada, aunque sé de su confianza en Dios y su entusiasmo en las cosas relacionadas con Él; le pregunté desde cuándo no comía, y me dijo desde hacía dos días. Su esposa no pudo contener las lágrimas y me dijo que la iglesia no estimaba su ministerio, pero confiaba en que Dios se encargaría de sustentarlos de alguna forma.
Bueno, lo curioso es que ese día había hecho una cobranza a un amigo que después de tres años me había pagado una cantidad regular de dinero que me adeudaba. Sentí en mi corazón ayudarlo y lo hice, la verdad que no pensé que Dios me usara con ese fin, pero me sentí satisfecho al hacerlo, y a la vez, le dije a Dios en mi interior: “Gracias Señor por permitirme contribuir con un pequeño óvolo para tu siervo aquí.”
Le dije que lo hacía con el mayor de los deseos, la señora me lo agradeció con lágrimas, y el pastor no podía evitar soltar algunas también. Escuché que me dijo: “Dios le bendiga abundantemente amigo”.
Me acuerdo que le dije: “Pastor, usted conoce mejor que yo a su iglesia, pero quiero decirle esto y puede hacerme caso o no, pero me parece que si su iglesia no lo aprecia es mejor que busque otra. Creo que Dios le proveerá de una mejor congregación”. Le dejé mi teléfono y le dije que si necesitaba alguna ayuda, me llame.
Bueno, después de un par de años me enteré que el pastor salió de esa iglesia y formó otra en la ciudad, tengo entendido que le fue muy bien, su congregación creció tanto y llegó a tener una iglesia muy próspera. Él me dijo que Dios me bendeciría, y fue así, porque después de ese encuentro con el ministro pude hacer uno de mis mejores negocios en ventas de libros y gané mucho dinero. Pude entender entonces que la importancia de tener una vida de fidelidad a Dios tiene sus recompensas, y en verdad me permitió tener una comunión más activa con Él. Y todo esto me pasó porque precisamente conocí a un pastor.


(Tomado de la Fe de Christian. Autor: Walter Delgado)


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Walter Delgado Barrenechea es pastor de la iglesia Alianza Cristiana y Misionera del Perú. Nació en noviembre de 1960 en Lima, estudió en el Seminario Bíblico Alianza y también realizó una Maestría en Teología Pastoral en la Facultad Teológica de la Alianza (FATELA). Ejerció el ministerio pastoral desde el año 1992 en Huánuco, Cañete, Cusco y Lima. Actualmente realiza su labor pastoral en la Comunidad Cristiana Renacer  y la Comunidad Jesus Connection y colabora con estudios bíblicos en Televisión Cristiana en Acción. Casado con Llermé Igarce, tiene tres hijos: Claudia, Jason y Joel. Es autor también de los libros "100 Sermones de Vida", "Las Obras de la Carne", "El PC de Pepe", "Un Diálogo Sincero", "La Fe de Christian", “Ecos de la Palabra”, “Gracia y Verdad”, "Una Llamada desde el Cielo", “La Misión de Juan” y “Más allá de la Fórmula”.  Libros importantes para el desarrollo y crecimiento espiritual.


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