EL TOQUE DEL CIELO

 

 




El calor húmedo de Iquitos parecía más pesado aquel día. Julio Rengifo, un joven de apenas 27 años, sintió que el mundo se le venía abajo cuando el médico del hospital regional bajó los ojos y dijo con voz apagada:
—Julio… los exámenes son claros. Es un cáncer gástrico avanzado.
El silencio llenó la pequeña oficina. Doña Rosa, su madre, apretó entre sus manos un pañuelo gastado.
—¿Avanzado, dice, doctor? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Eso quiere decir que mi hijo…?
El doctor Carrillo suspiró.
—Haremos lo posible, señora, pero necesita tratamiento especializado. En Lima… en el Instituto de Enfermedades Neoplásicas.
Julio no decía nada. Solo miraba por la ventana, a las palmeras que se mecían con el viento. La palabra “cáncer” le zumbaba en los oídos como un eco sin fin. Era joven, tenía sueños, y ahora sentía que todo se derrumbaba.
Vendieron lo poco que tenían: una mototaxi vieja, algunas herramientas, y la pequeña radio que su padre le había dejado.
En el barco que los llevó por el Amazonas rumbo a Yurimaguas, Julio miraba el horizonte. Su madre oraba en silencio.
En Lima los recibió una ciudad fría y gris. Se instalaron en la casa de un familiar, donde conocieron a Esteban, un voluntario cristiano que visitaba a la familia. Esteban tenía una sonrisa serena que contagiaba paz.
—Julio, ¿crees en Dios? —le preguntó una tarde mientras le llevaba un caldo caliente.
—No sé… antes sí, pero ahora… —respondió el joven con la mirada perdida—. Si Dios existe, ¿por qué me pasa esto?
—A veces el dolor no es castigo —dijo Esteban—. Es una puerta para encontrarte con Él.
Esas palabras quedaron grabadas en el corazón de Julio.
Los meses pasaron. Los médicos fueron sinceros: el tratamiento no surtía efecto. Los dolores se intensificaban, y las noches eran eternas.
Una noche, incapaz de dormir, Julio se arrodilló junto a su cama.
—Señor… si de verdad existes, si aún haces milagros… no quiero morir sin conocerte. Haz conmigo lo que quieras.
Oró sin parar. Las lágrimas corrían, el dolor le atravesaba el cuerpo, pero una paz comenzó a envolverlo. Su madre se levantó y lo encontró cantando suavemente:
—“Cristo, mi sanador, mi refugio eres Tú…”
De pronto, un calor suave recorrió su cuerpo. No era fiebre, era algo distinto, algo santo. Julio cayó al suelo, llorando, riendo, alabando.
A la mañana siguiente, cuando el doctor revisó sus signos, se quedó perplejo.
—Esto es… imposible —dijo—. El tumor no está. No hay rastro del cáncer.
Doña Rosa y Julio se abrazaron llorando. En la capilla del hospital, levantaron sus manos al cielo.
Años después, Julio volvió a Iquitos. Daba testimonio en iglesias, hospitales y radios locales.
—No fue la ciencia —decía—. Fue el poder de Cristo. Cuando los hombres dicen “no hay esperanza”, Dios dice “aún no he terminado”.
Y mientras hablaba, la gente veía en su rostro la sonrisa de alguien que había estado frente a la muerte y había sido tocado por la vida.


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