A VECES EDIFICARSE CUESTA
n Christian
¿tú vas a participar?
n Claro, pero el primer día del Congreso, tengo clases en la universidad y tengo también
un parcial, así que veo difícil estar para la apertura, pero como este evento
dura tres días, los dos siguientes sí estaré.
n Pero,
¿sabes cuánto cuesta el Congreso?
n Claro,
cuesta cincuenta soles, sólo te dan materiales, creo que un pequeño refrigerio
y nada más.
n A
mí lo que me interesa son los materiales y escuchar a los expositores que
vienen del extranjero, me dicen que son buenos.
n ¡Ah
claro!, para las plenarias tú sabes que se ha de llenar el templo. ¿Has
escogido ya tus talleres?
n Claro,
hermano, los tengo anotados. Van a haber temas sobre evangelismo, discipulado y
la vida de oración, estos son los que más me interesan, pero hermano, quiero
que me apoyes con tus oraciones, tú sabes que para mí el costo es un poco
elevado. Sabes que con las justas llevo a mi casa veinte soles diarios para el
sostén de mi familia. Estoy orando para que el Señor me provea esos cincuenta
soles.
Le
dije que no se preocupe, que lo recordaría en mis oraciones, y efectivamente he
estado orando por él. A medida que pasaban los días lo veía preocupado porque
no podía conseguir el dinero. Lo peor de todo es que se le enfermó un hijo, y
tuvo que llevarlo de emergencia al hospital e hizo un gasto considerable en medicinas y en esto
se le fue su ahorro destinado para el congreso.
Faltaban
dos días para el cierre de las inscripciones y éstas estaban casi agotadas, es
más, debido a la demanda de ellas, el costo subió y ahora costaba setenta
soles. Felizmente que yo pude hacerlo a
tiempo, pero mi estimado Lucio, no. Y cada vez lo veía más deprimido. Por supuesto,
seguía orando por él.
n Christian
-me preguntó Lucio- ¿sigues orando por mí?
n Claro,
hermano, te estoy apoyando como te dije.
n Sabes,
ahora para mí es difícil poder reunir ese dinero. Sólo espero una provisión
milagrosa de mi Dios.
n No
dudes de que Dios pueda hacerlo. Recuerda que para Él, nada es imposible.
n ¡Amén!
Llegó
el día. Para bendición mía el examen parcial fue prorrogado para otra fecha,
así que tenía la oportunidad de estar en la apertura, pero lamentablemente
Lucio, no pudo conseguir el dinero, aunque asistió a la iglesia, no podía entrar, sólo lo hacían los que
tenían el pase respectivo. La cola era interminable, pero felizmente avanzaba
rápido, estaba cerca de ingresar, y se me acercó Lucio, me cogió del brazo y me
dijo:
n Christian,
aprovecha al máximo este congreso y luego me compartes las bendiciones de él.
¿Me lo prometes?
n Claro,
hermano, lo haré.
Vi
que se retiró de la cola, porque algunos que estaban atrás pensaban que se
quería meter en ella. Y le gritaban: “Oye, hermano, haz tu cola”, “Da
testimonio, oye”, “Oye no te zampes”.
Pensaba
que Dios me dio el privilegio de haber participado en varios congresos y
seminarios, cosa que no sucedió con
Lucio. Y sentía un malestar en mi corazón al verlo que no podía participar
de éste por el cual había orado tanto.
“Señor ¿por qué no has permitido que participe?”. No lo podía entender, pero
bueno “será la voluntad tuya”. No desestimaba que podría ocurrir un milagro de
pronto y verlo a Lucio entrar al templo y cumplirse su deseo. “Señor ¿puedes
hacerlo ahora?”.
Mientras
me iba acercando a la puerta, el Señor habló a mi corazón: “¿Y por qué no le
regalas tu tarjeta?” Pero, entonces ya no podría participar ¿y qué? ¿no has
participado acaso en varios eventos? ¿no has sido bendecido en varios de
ellos?” Es cierto Señor, pero……. ¡son cincuenta soles! Hubo un silencio en mi
corazón, aunque yo sé que a Dios no se le discute, y estaba apenado por mi
dinero, el Señor me hizo recordar un texto que se encuentra en 2 Crónicas 25:9
que dice: Y Amasías dijo al varón de Dios: ¿Qué, pues, se hará de los cien talentos que he dado a la casa de
Israel? Y el varón de Dios respondió: Jehová puede darte mucho más que esto.
Creo
que el Señor, me estaba queriendo decir que no me preocupe por el dinero, Él, puede
darme mucho más de lo que invertí. Bien, mi corazón obtuvo paz y gozo, así que
la oración de Lucio fue respondida.
n ¡Lucio!
-lo llamé.
Lucio
vino corriendo y vi que su rostro se encendía porque seguramente estaba esperando
que Dios haga, como dice
n Querido
hermano, Dios habló a mi corazón- su rostro no podía iluminarse más, creo que
faltaba que se ponga un velo- y me dijo que seas tú quien entres en lugar de mi
persona a este congreso.
Saqué
la tarjeta que la tenía guardada en mi Biblia, y se la di. Cuando vi su rostro,
percibí que este gesto mío lo conmovió. Me rechazó la tarjeta porque según sus
palabras textuales “no debía sacrificarme por él”. Pero le dije que lo hacía
con el mayor de los gustos, y que no se preocupe, lo hacía con amor.
Lucio,
derramó algunas lágrimas, y finalmente se echó a mi hombro, sollozando. Y
claro, que la gente de atrás gritaba: “Oye, zampón, no te hagas el loco”. Pero
cuando llegamos a la puerta, veíamos a los anfitriones que se esforzaban para
que no entre nadie que no tenga tarjeta, había algunos hermanos que estaban
parados en la puerta, también esperando que Dios haga un milagro, quizá que se
les permita zamparse en el nombre de Jesús. Sentía la presión de la cola que me
empujaba y a Lucio lo hacían a un lado. Bueno, no era de llorar en ese momento,
así que me retiré de la cola, lo jalé a Lucio para que se ubique en mi lugar y
logró entrar.
Estábamos
distanciados. Quería agradecerme, pero no podía, seguro que en algún momento lo
hará; vi que de lejos, juntó sus dos manos y las levantó por encima de su
cabeza, en señal de gratitud. Me despedí con una sonrisa.
“Señor
a veces tú quieres que hagamos cosas así”, pensé. Y es verdad, algo que me
sucedió en ese momento, como pocas veces me ha sucedido, es que mi corazón se
llenó de un sentimiento de gratitud por haber sido útil, y el gozo que acompaña
a esto es a veces indescriptible. Sé que el congreso fue de bendición para él.
Cuando tuve la oportunidad de verlo después del evento, me abrazó y me invitó
luego a almorzar a su casa.
n Christian,
el congreso fue de gran bendición para mi vida. Los talleres estuvieron
excelentes.
n Me
da gusto oír eso, Lucio.
Hubo
un silencio, sabía que iba a decirme algo más, pero parece que dificultaba en
hacerlo. Esperé.
n Querido
hermano, quiero decirte algo más. ¿Sabes qué es lo que más bendijo mi vida en
estos tres días?
n No
sé. Dímelo.
n Las
plenarias fueron buenas, los talleres muy edificantes, pero lo que más bendijo
mi vida, fue tu sacrificio, y esto no lo olvidaré nunca. Gracias, Dios te lo
recompensará de alguna manera.
n Creo
que Dios ya me dio la recompensa, al verte gozoso hermano.
Un
congreso cuesta, creo que muchos hermanos como Lucio quieren participar, pero a
veces es difícil, porque no todos tienen dinero. Con lo sucedido me he dado
cuenta que las mejores bendiciones no siempre las obtenemos de eventos
costosos, sino de sacrificios que nos cuestan en beneficio de los demás. Con
esto el Señor me enseñó que lo que más impacta en la gente no son los sermones o las conferencias que
tienen su lugar y nos bendicen, sino el evangelio práctico, el evangelio que se
transmite a través de nuestra vida.



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