OLVIDADO POR LOS HOMBRES, RECORDADO POR DIOS
Elías
Ríos siempre supo que su vida no sería ordinaria. Desde su juventud, en la ciudad
de Lima, sintió el fuego ardiente del llamado misionero. Mientras sus amigos
soñaban con emigrar fuera del país, él soñaba con ir a alguna ciudad de la
Amazonía para hablar del amor de Cristo a quienes nunca habían oído su nombre.
Después
de completar sus estudios teológicos, fue comisionado por una institución
evangélica con sede en Lima. Con alegría y determinación, partió con su esposa
María y sus dos pequeños hijos, Karen y Josué, hacia una comunidad ribereña
cerca del río Ucayali. Los primeros días fueron duros, pero llenos de gozo.
Aprendieron a adaptarse, compartían con los pobladores, organizaban cultos al
aire libre bajo la sombra de los árboles. La iglesia empezaba a formarse.
Pasaron
los meses. El entusiasmo inicial fue reemplazado por incertidumbre. Las cartas
que Elías enviaba solicitando apoyo económico y materiales no recibían
respuesta. La cuenta bancaria quedó vacía. No había fondos para medicinas ni
útiles escolares para sus hijos. Las llamadas eran respondidas con evasivas.
Desde Lima, la institución parecía haberlo olvidado.
María
enfermó de fiebres tropicales. Los niños se debilitaban. Elías se quebraba cada
noche en oración, pero no dejaba de predicar. La fe era lo único que sostenía
su alma.
Con
lágrimas en los ojos, y sin dejar el ministerio, Elías comenzó a trabajar.
Ayudaba en la pesca, cargaba madera, sembraba yuca. La gente de la comunidad lo
respetaba más por su humildad. Mientras tanto, el Espíritu Santo seguía
obrando. Se bautizaban varias personas, jóvenes, madres solteras, adultos,
comerciantes, profesionales, etc.
Un
día, Don Ramiro, un empresario que había llegado a invertir en madera, se
convirtió tras una predicación sencilla. Conmovido, trajo a su familia y animó
a otros a asistir. La iglesia creció exponencialmente.
Desde
Lima comenzaron a llamar. Querían informes, estadísticas, fotos. El crecimiento
les parecía "prometedor". Pero también comenzaron a preocuparse por
el tipo de personas que estaban llegando: empresarios, profesionales, líderes
comunales. Decidieron que la iglesia necesitaba otro tipo de liderazgo.
Elías
fue convocado a Lima. Le dijeron que su tiempo en la misión había concluido,
que debían trasladarlo a otro lugar “más adecuado a su perfil”. En su lugar
enviaron al pastor Renato, egresado de una universidad extranjera, con buena
imagen y oratoria refinada. Elías se sintió traicionado, humillado. Regresó con
su familia a Lima, sin casa, sin sueldo, sin rumbo.
Con
lo poco que tenía, alquiló un pequeño local en San Juan de Lurigancho. Junto
con María y sus hijos, comenzó a evangelizar casa por casa. Los que llegaban
eran personas heridas por la religión, por el sistema, por la vida. Oraban,
cantaban, compartían el pan. La nueva iglesia crecía como un árbol plantado
junto a corrientes de aguas.
Años
después, la iglesia de Elías era reconocida por su labor social, por su amor
sin condiciones y por su predicación centrada en Cristo. No buscó venganza ni
justicia humana. Sabía que Dios se encarga de vindicar a los suyos. Su
ministerio floreció sin estructuras, sin títulos, pero con el respaldo del
cielo.
Cuando
el sistema olvida, Dios recuerda. Cuando los hombres cierran puertas, Dios abre
caminos. El ministerio no se trata de reconocimiento, sino de obediencia. Elías
fue olvidado por los hombres, pero recordado por Dios. Y eso fue más que
suficiente.
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