UN COBRADOR DIFERENTE

 


La combi me llevaba por la avenida Argentina. Era una mañana bastante calurosa, y el vehículo estaba abarrotado de gente. Para colmo de males había un embotellamiento terrible y yo tenía que llegar a tiempo a mis clases de karate. Lo trágico era que estábamos en el centro de Lima, y yo tenía que irme hasta el Callao. Estaba desesperado, pero interiormente percibía la voz de Dios que me decía “no te afanes”. Bien, deseaba no preocuparme, pero me sentía “tranquilamente angustiado”, si es que de alguna manera pudiera explicar lo que había en mi interior.

Al parecer, no era el único, había muchos más como yo, a quienes supongo el Señor no les habrá hablado, pues no podían contener su impaciencia y simplemente la dejaban salir a la luz.

n ¡Oiga chofer, acelere pues!

n ¡Señor a este paso, vamos a llegar mañana!

n ¿No puede ir por otra ruta?

Al chofer lo veía con una pasividad envidiable, al parecer nada de lo que le decían le llamaba la atención, cosa que generalmente no se observa en los choferes, que andan con un estrés rebosante. Lo curioso es que el cobrador tampoco se molestaba, y esto ya me parecía fuera de lo común.

n Señores, por favor, dijo con mucha calma el cobrador- el problema no es de nosotros, sino de este tráfico que está difícil, tengan la amabilidad de calmarse.

Algunos de los pasajeros se miraban extrañados entre sí.

n ¿Y éste qué tiene? -me preguntó una señora.

n Bueno -le respondí- me parece que tiene razón, el chofer no puede abrirse por ningún lado. Mire usted, hay carros por todas partes.

n Claro, pero lo que también me extraña, es la actitud del cobrador. Estos generalmente nos maltratan y nos contestan toscamente, pero este tipo parece que es educado.

n Es lo que pude notar también, pero supongo que debe tener algún sentido todo esto.

n Si así fueran todos los cobradores, Perú sería una potencia mundial.

Asentí afirmativamente, aunque no creo que por esto necesariamente seamos potencia mundial. No pude seguir hablando con la señora porque al ver mi reloj entré en pánico, ya era la hora de entrada, y aún había mucho que recorrer. Sólo me quedan cinco minutos de tolerancia, si no llego a la hora, pues mejor sería que me regrese a casa. Puse en práctica toda mi fe: “En el nombre del Señor, sé que voy a llegar a tiempo” “quita tus dudas, aférrate al Señor”, “todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

Sin embargo, pese a toda autoayuda motivadora interior que me daba, el tiempo de tolerancia pasó. Así que desistí de ir a mis clases. Quería entender la razón de todo esto, “¿Señor, por qué no funcionó mi fe”? Supuse que no era sólo mi fe, sino también que me levanté tarde. Los choferes tienen una fraseología muy útil que nos hacen ver nuestros defectos y que la tienen pegada cerca de los asientos: “Si salió atrasado no es culpa del chofer”. Y pienso que no debo echarle la culpa a él, ni al embotellamiento, ni a mi falta de fe, y a pesar mío, ni al diablo. La responsabilidad era completamente mía, entonces siendo que ya no se puede hacer nada, pues tendré que regresar a casa.

El tráfico por fin se arregló, pero era tarde para mí. La gente seguía quejándose, como sabían que el problema no era del chofer, pues ahora se la agarraron contra el gobierno, contra el alcalde de la ciudad, empezaron hablar de la inflación, de la gasolina, de la crisis mundial y hasta de una guerra atómica.

Yo estaba demás allí, debo salir de esta combi. Me levanté para bajarme cuando de pronto la combi frenó en seco y yo no pude agarrarme a tiempo del pasamanos y perdí el equilibrio. Gracias a Dios que el cobrador logró sujetarme a tiempo, porque si no, hubiera caído por la escalinata y de seguro que era muerte fija. La gente gritó pues vieron la manera en que estaba cayendo, pero esa mano prodigiosa me salvó la vida.

n Gracias -le dije al cobrador.

n No te preocupes estamos para servirte.

n Es raro ver a un cobrador educado.

El joven se reía.

n Entiendo, no eres el primero que me lo dice, pero gracias por esa observación.

n Yo me llamo Jesualdo.

n Y yo Luis Negreiros. Sí es cierto, la gente cree que nosotros los cobradores tenemos la fama de ser groseros, mal educados, cochinos, imprudentes, etc. Pero no todos son así, al menos yo no y muchos pueden cambiar.

Bueno, cuando se trata de cambios, yo entiendo de eso. Sucede que me trencé en una conversación amena con el cobrador y hasta me olvidé de que tenía que bajarme, así que decidí seguir en la combi con la charla amena, me senté en el primer asiento cerca de la escalinata para conversar mejor.

n ¿Pero qué es lo que ha cambiado tu vida? -le pregunté.

n Hay alguien que cambió mi vida y es Dios.

Cuando me dijo que era Dios el centro de su vida, entonces comprendí sus modales educados.

n ¡Ah mira, qué interesante!

n Sí, desde que lo conocí, Él ha hecho cambios maravillosos en mi vida, y no sólo en mí, sino en toda mi familia. ¿Sabes que el chofer es mi padre?, y él también es cristiano.

Su padre me miraba desde el espejo retrovisor, y cuando lo observé, me levantó la mano en señal de saludo.

n Sabes Luis, déjame decirte algo. Yo también soy cristiano.

Cuando escuchó esto lanzó un “¡gloria a Dios!” tan fuerte que algunos por la bulla que emitía el motor de la combi y el ruido de los carros de afuera, no lo percibieron bien, y pensaron que me estaba levantando la voz.

n Oye no seas abusivo con el muchacho - dijo alguien.

A veces este tipo de situaciones producen reacciones en cadena. Muchos sin darse cuenta se unieron al mismo comentario, pues pensaban que el chico estaba faltándome el respeto. Así que de pronto se oyeron varios ataques al cobrador.

n ¡Oye dónde están los buenos modales!

n Estos cobradores cuando les conviene son educados.

n ¡Oye no somos tus chulillos para que nos levantes la voz!

La combi frenó en un paradero y el cobrador creyó conveniente aclarar el asunto.

n Se equivocan señores. No estoy insultando al joven, simplemente dije ¡gloria a Dios!

La gente en la combi se miraba extrañada, pues pocos cobradores glorifican a Dios en una combi. Este era creyente, y me gusto el valor que tuvo para poder hablarles de Dios. Sin embargo, no faltaron quienes entendieron mal sus palabras.

n ¡Claro! Es otra forma de atacar a la gente.

n Oye estás trabajando no estás en la iglesia.

n Seguro que ahora nos va a pedir ofrendas también.

Al parecer se desató una bronca contra el cobrador, que prefirió quedarse callado antes de enfrascarse en una lucha sin sentido.

n Bueno, pierdo mi tiempo hablando con estas personas –me dijo-, como te seguía diciendo me da gusto saber que eres cristiano. Yo asisto al Tabernáculo que se encuentra en Bellavista. Tengo varios amigos allí que nos reunimos a orar los jueves en la noche. ¿Quisieras algún día acompañarnos?

n ¿Por qué no? pero mejor dame tu teléfono y te llamaré, si no puedo hacerlo esta semana porque estoy en exámenes en la universidad, pues podré hacerlo en otro momento.

Sacó una tarjeta que tenía en el bolsillo de su camisa y me la entregó.

n ¡Vaya! -dijo alguien- ¿desde cuándo los cobradores tienen tarjeta de presentación?

n No más falta que sea un ejecutivo que en sus ratos libres trabaja de cobrador.

Se desató una serie de risas que Luis no hizo caso, aunque no dejaba de percibir su incomodidad, veía que mostraba dominio propio ante este ataque contra él.

Veía a su papá que estaba inmutable, como si fuera sordo y no se diera cuenta de las cosas que hablaba la gente.

n ¿Oye Luis -le pregunté- tu papi escucha?

n ¿Por qué lo preguntas?

n Porque veo que la gente te ataca y él no dice nada al respecto.

Luis se sonrió, al parecer le causó gracia lo que le dije.

n Es cierto, es sordo, pero, por otro lado, él me enseñó a valerme por mí mismo, sin necesidad de su intervención. Y esto lo vengo haciendo desde los doce años cuando en un accidente de tránsito casi mi padre pierde la vida, salvó de morir, pero quedó sordo.

n Te dio una buena enseñanza.

n Así es, y aunque aún soy joven he tenido que lidiar en situaciones solo, aunque no tan solo, Dios siempre me acompaña. Pero te diré algo más, ahora soy yo quien ayuda a mi padre, yo soy sus oídos, y en muchas ocasiones soy su voz. Me permite tomar decisiones las cuales él luego aprueba.

n ¿Las aprueba después que las has tomado y las has ejecutado?

n Así es, y creo que debo acompañar a mi padre en su trabajo para de ese modo ayudarlo en las cosas que necesite.

n ¿Pero este también es tu trabajo no es cierto?

Vi que se quedó callado por unos segundos, pero luego esbozando con sus labios una ligera sonrisa, me dijo.

n No lo es.

n Entonces ¿a qué te dedicas?

n Yo soy abogado, pensé que habías leído mi tarjeta.

La verdad que no la leí, pero cuando me di cuenta, efectivamente, era abogado.

Comprendí entonces lo que me estaba diciendo, que él era la voz de su padre y que las decisiones que tomaba eran refrendadas por su progenitor.

n Pero sabes Jesualdo, hay algo más. Mi padre también es abogado. Lamentablemente ya no puede ejercer su carrera, y aquí estoy yo para ayudarlo. Mi padre al retirarse de su oficio juntó un dinero y se compró esta combi, y ahora a esto se dedica.

n Pero ¿por qué no contratas a un joven para que trabaje de cobrador?, así tú te dedicas a tu profesión.

n Claro, tienes razón, pero mi padre no tiene confianza con nadie.

n Oye, pero así estás perdiendo dinero.

Vi que hizo silencio, al parecer había algo más que quería decirme, pero se sentía corto. Por supuesto, no fui inoportuno al querer develar algo que podía ser íntimo, pero creo que mostró confianza conmigo para abrir su corazón.

n Quisiera decirte algo. Pero ¿me prometes que me ayudarás con tus oraciones?

n Por supuesto hombre.

Su semblante cambió, de pronto se puso triste, casi como si quisiera llorar. Le dio la espalda a su padre se acercó más a mí y me dijo:

n Mi padre sufre de cáncer.

Vi sus ojos que se pusieron rojos y soltó algunas lágrimas. Creo que no fui el único que se dio cuenta de esto, algunos de los pasajeros también, pero esta no vez no dijeron nada.

n Siento mucho lo que has dicho -le dije poniéndole una mano sobre su hombro. Su padre estaba distraído y no se dio cuenta que lo hice.

n Gracias. Los médicos me han confirmado ayer, que ya no se puede hacer nada. Lo de él ya está generalizado. Quiero que me ayudes con tus oraciones, sólo Dios tiene la última palabra.

n Te prometo que lo haré.

n Prometí a Dios estar con mi padre hasta su último momento, y no me interesa perder plata en mi trabajo, quiero acompañarlo adonde vaya hasta que Dios lo sane….o se lo lleve.

Le prometí orar por su padre, sin darme cuenta ya me encontraba en el Callao, así que me despedí de él. Me dio un fuerte apretón de manos, y no me cobró el pasaje.  Me quedé caminando por las calles sin rumbo fijo porque no tenía otra cosa que hacer, pero estaba pensando en la conversación que tuve con Luis, que era verdaderamente un hijo que amaba a su padre y no le interesaba sacrificarse por él.

Al cabo de una semana lo llamé para decirle que iría a su iglesia, pero me dijeron que no estaba. La persona que me atendió la llamada era una mujer, y noté su voz lánguida y triste.

n ¿Disculpe señora, usted es familia de Luis?

n Sí, soy su madre.

n Soy un hermano en la fe, me llamo Jesualdo. Conocí a su hijo en una combi, me comentó que orara por su padre, ¿cómo se encuentra él?

Escuché sollozos por el teléfono, la señora estaba llorando, entendí que algo malo había sucedido.

n Mi esposo ha fallecido. Luis es un buen hijo, nunca se despegó de él. La última noche Luis estuvo con él y durmió con él y mi esposo murió en sus manos. Luis lo bañó, lo cambió, lo acicaló, él mismo lo puso en el cajón. Y ahora lo están sacando rumbo al cementerio.

No sabía que decirle, no se me ocurría nada. Es triste perder a un ser querido, a veces las palabras de consuelo están de más, sólo me limite a escuchar sus lamentos. Atiné a decirle:

n Señora, usted tiene a un gran hijo, se lo aseguro. Y también sepa que su esposo está en la presencia de Dios, y ahora él está descansando de todas sus penas.

n Así lo creo también.

n Señora, salude a Luis de mi parte, y dígale que otro día lo llamaré. Y sinceramente, lamento lo de su esposo.

Al colgar el teléfono meditaba al respecto. Sin duda Luis respetó lo que dijo, y apoyó a su padre hasta el último momento. Es un gran abogado y un cobrador diferente.

 Tomado del libro "La Fe de Christian":

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ACERCA DEL AUTOR




Walter Delgado Barrenechea es pastor de la iglesia Alianza Cristiana y Misionera del Perú. Nació en noviembre de 1960 en Lima, estudió en el Seminario Bíblico Alianza y también realizó una Maestría en Teología Pastoral en la Facultad Teológica de la Alianza (FATELA). Ejerció el ministerio pastoral desde el año 1992 en Huánuco, Cañete, Cusco y Lima. Actualmente realiza su labor pastoral en la Comunidad Cristiana Renacer  y la Comunidad Jesus Connection y colabora con estudios bíblicos en Televisión Cristiana en Acción. Casado con Llermé Igarce, tiene tres hijos: Claudia, Jason y Joel. Es autor también de los libros "100 Sermones de Vida", "Las Obras de la Carne", "El PC de Pepe", "Un Diálogo Sincero", "La Fe de Christian", “Ecos de la Palabra”, “Gracia y Verdad”, "Una Llamada desde el Cielo", “La Misión de Juan” y “Más allá de la Fórmula”.  Libros importantes para el desarrollo y crecimiento espiritual.

 

 

 

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