ATRAPADO EN LA PANTALLA

 

 


Daniel tenía veinte años y, como la mayoría de los jóvenes de su generación, había aprendido a vivir con el celular en la mano.

Al principio no había nada extraño en ello. Lo utilizaba para estudiar, comunicarse con sus amigos, escuchar música y ver algunos videos antes de dormir. Su madre incluso se alegraba de que pudiera mantenerse en contacto con sus compañeros de universidad.

Pero poco a poco algo comenzó a cambiar. Lo que antes eran unos minutos se convirtieron en horas. Daniel despertaba por la mañana y, antes de levantarse de la cama, buscaba el celular. Durante el desayuno revisaba sus mensajes. Mientras estudiaba, interrumpía constantemente lo que hacía para mirar las notificaciones.

—Daniel, ¿puedes dejar el teléfono mientras desayunamos? —le decía su madre.

—Sí, mamá.

Lo dejaba sobre la mesa. Cinco minutos después volvía a tomarlo.

Su padre comenzó a notar que su hijo estaba siempre presente físicamente, pero ausente de las conversaciones familiares.

—¿Cómo te fue hoy? —preguntaba.

—Bien.

—¿Qué hicieron en la universidad?

—Lo de siempre.

—¿Y ese trabajo que tenías que presentar?

—Después te cuento.

Pero nunca contaba. Su mundo estaba cada vez más dentro de aquella pequeña pantalla.

Una noche, su madre se levantó para beber agua y pasó frente a la habitación de Daniel. La puerta estaba entreabierta. Una luz azul iluminaba su rostro.

Miró el reloj. Eran las dos y media de la madrugada.

—Daniel...

El joven se sobresaltó.

—¿Qué pasa?

—¿Todavía estás despierto?

—Ya voy a dormir.

—Eso dijiste ayer.

—Mamá, no pasa nada. Déjame tranquilo.

Ella cerró la puerta lentamente. No quería discutir.

Pero aquella noche se quedó varios minutos en la cocina, preocupada. No sabía exactamente qué estaba ocurriendo con su hijo, pero intuía que algo estaba mal.

Los meses siguientes confirmaron sus temores. Daniel comenzó a llegar tarde a la universidad. Sus calificaciones descendieron. Dejaba trabajos para el último momento y se mostraba cansado durante el día.

También empezaron los dolores de cabeza. A veces sentía ardor y cansancio en los ojos después de pasar horas mirando la pantalla. Otras veces tenía dolor en el cuello y los hombros. Dormía poco y mal.

Su padre le sugirió que descansara.

—Estás durmiendo muy poco.

—Estoy bien.

—No parece.

—Todos los jóvenes dormimos poco.

Aquella respuesta se convirtió en una costumbre: “Estoy bien.” Aunque no lo estaba.

Un sábado, su familia había preparado un almuerzo especial. Su hermana menor había regresado de un viaje y todos querían conversar.

Daniel permaneció sentado en la mesa con el celular debajo de ella.

—¿Puedes guardarlo? —le pidió su padre.

—Estoy terminando algo.

—Llevas media hora terminando algo.

Daniel levantó la mirada.

—¡Ya dije que estoy terminando!

Todos quedaron en silencio. Su madre lo observó sorprendida. Daniel nunca había hablado así.

—Hijo —dijo ella suavemente—, solamente queremos conversar contigo.

—¡Pues conversen!

Se levantó de la mesa y entró en su habitación. Su madre bajó la mirada y su padre permaneció en silencio.

Aquella tarde comprendieron que el problema ya no era el celular. Había algo mucho más profundo. Daniel se estaba alejando de ellos, pero también se estaba alejando de sí mismo.

Una madrugada ocurrió algo que cambió el rumbo de su vida. Daniel llevaba varias horas despierto. Sus ojos estaban irritados y le dolía intensamente la cabeza. Aun así, continuaba mirando la pantalla.

De pronto sintió que todo le daba vueltas. Se levantó de la silla y perdió el equilibrio. Intentó caminar hasta la cama, pero cayó al suelo.

Su padre escuchó el golpe.

—¡Daniel!

Entró corriendo.

El joven estaba sentado en el suelo, pálido y confundido.

—¿Qué te pasó?

—No sé... me mareé.

Su madre llegó detrás de él.

—¡Dios mío!

Aquella noche terminaron en un servicio de emergencia.

Después de evaluarlo, el médico les explicó que el cansancio, la falta de sueño y el uso prolongado de pantallas podían estar contribuyendo a sus síntomas, aunque había que descartar otras causas si los síntomas persistían.

De regreso a casa, Daniel permaneció callado. Por primera vez comenzó a preguntarse si realmente tenía el control.

Durante el trayecto miró su celular. Tenía varias notificaciones. Por unos segundos sintió la necesidad de responderlas, entonces apagó la pantalla.

Pero apenas unos minutos después volvió a encenderla. Aquello lo inquietó.

“¿Por qué no puedo dejarlo?”, pensó.

Las cosas empeoraron durante las semanas siguientes. Daniel intentó reducir el tiempo que pasaba conectado. No pudo.

Borraba algunas aplicaciones y las volvía a instalar. Prometía acostarse temprano y terminaba despierto hasta las dos o tres de la mañana.

Su familia intentaba ayudarlo, pero él se sentía cada vez más frustrado. Una tarde salió a caminar sin rumbo. No quería estar en casa, tampoco quería estar conectado. Simplemente no sabía qué hacer consigo mismo.

Terminó sentándose en una pequeña plaza. Allí había un hombre mayor leyendo una Biblia. Daniel lo había visto varias veces, pero nunca había hablado con él.

El hombre levantó la mirada.

—¿Estás bien?

Daniel estuvo a punto de responder “sí”. Era su respuesta habitual. Pero aquella vez dijo:

—No.

El hombre cerró la Biblia.

—¿Quieres contarme?

Daniel comenzó a hablar. Le contó de las noches sin dormir, de las discusiones con sus padres, de los estudios abandonados, de sus dolores de cabeza y de aquella sensación extraña de no poder vivir sin el celular.

El hombre lo escuchó sin interrumpir. Finalmente le preguntó:

—¿Sabes qué creo?

—¿Qué?

—Que el celular no es tu verdadero problema.

Daniel frunció el ceño.

—¿Entonces cuál es?

—Quizá llevas mucho tiempo intentando llenar con entretenimiento un vacío que ninguna pantalla puede llenar.

Daniel guardó silencio. El hombre abrió la Biblia.

—Jesús dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”.

Daniel había escuchado esas palabras alguna vez, pero aquella tarde las escuchó de otra manera.

—¿Usted cree que Dios puede ayudarme?

—No solamente creo que puede ayudarte. Creo que necesitas descubrir que Él siempre estuvo dispuesto a recibirte.

Daniel bajó la mirada.

—Yo hace tiempo que no pienso en Dios.

—Tal vez por eso estás buscando descanso en tantos lugares.

Aquella frase quedó dando vueltas en su mente. Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Daniel entró a su habitación y dejó el celular sobre el escritorio.

Se sentó en la cama. No sabía orar, no sabía qué decir. Finalmente habló en voz baja:

—Señor... si todavía estás ahí, ayúdame.

No ocurrió nada extraordinario, no escuchó una voz, no vio ninguna luz, pero después de mucho tiempo sintió que podía hablar con Dios.

Durante los días siguientes comenzó un proceso. No fue fácil, pidió ayuda a sus padres, y reconoció que tenía un problema. Estableció horarios para utilizar el celular y comenzó a dejarlo fuera de su habitación durante la noche.

Volvió a dormir mejor, comenzó a caminar. Regresó poco a poco a sus estudios y  empezó a leer la Biblia.

Descubrió entonces unas palabras del apóstol Pablo: “Todo me es lícito, pero no todo conviene... y yo no me dejaré dominar de ninguna”.

Daniel permaneció largo rato pensando en aquella frase. Comprendió que la libertad no consistía en abandonar para siempre la tecnología. El celular podía ser una herramienta, pero el problema comenzaba cuando la herramienta se convertía en amo.

Y él había permitido que aquello ocurriera. Pasaron varios meses, una noche su madre entró nuevamente a su habitación. La escena era diferente.

El celular estaba sobre el escritorio. Daniel estaba sentado en la cama con una Biblia abierta.

—¿Qué estás leyendo? —preguntó ella.

—Estoy leyendo sobre la libertad.

Su madre sonrió.

—¿Y qué has aprendido?

Daniel permaneció unos segundos en silencio.

—Que puedo tener un celular sin permitir que el celular me tenga a mí.

Su madre se sentó a su lado.

—Estoy orgullosa de ti.

Daniel tomó su mano.

—Yo también estoy aprendiendo a vivir otra vez.

Ella lo abrazó.

Aquel muchacho que durante meses había vivido atrapado detrás de una pantalla comenzaba a descubrir un mundo que había olvidado: el mundo de las conversaciones, de la familia, del descanso, de los amigos, de la naturaleza y, sobre todo, de Dios.

Daniel comprendió que su problema nunca había sido solamente el teléfono. Había buscado en una pantalla aquello que solamente Dios podía darle. Había buscado compañía cuando se sentía solo, escape cuando quería huir de sus problema, satisfacción cuando estaba vacío. Y descanso cuando su alma estaba cansada.

Pero ninguna pantalla podía salvarlo, ninguna notificación podía darle paz, ningún video podía llenar su corazón. Entonces entendió las palabras de Jesús: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”.

El celular seguía formando parte de su vida, pero ya no era su mundo. Porque había descubierto algo mucho más grande: Cuando Cristo ocupa el centro de la vida, aquello que antes dominaba comienza a perder su poder.

Y Daniel había aprendido que algunas cadenas no tienen barrotes ni candados. Algunas tienen una pantalla iluminada. Y la verdadera libertad comienza cuando dejamos de buscar en ellas lo que solamente Dios puede llenar.

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