UNA LLAMADA DESDE EL CIELO


Eran las cinco de la mañana cuando comenzó a sonar el celular de Juan, se despertó raudo, se sentía confundido, pues pensó que había programado el despertador para las seis y eran las cinco de la mañana. La habitación se veía oscura, así que no se sentía animado a levantarse, estaba pendiente de cada minuto de su sueño sobre todo cuando en esos días finales del mes el trabajo en la oficina era multiplicable y penoso y cuando descansaba en lo menos que quería pensar era en trabajar.

- ¿Quién será a estas horas? – se preguntó cogiendo de mala gana el celular- Aló, ¿quién habla?

Se oyó una voz fuerte que irrumpió en el oído de Juan.

- Hola Juan, soy Pedro.

- ¿Pedro? – Dijo Juan alejando el celular de su oreja.

- Sí amigo. ¿Cómo estás?

- ¿Pedro Galván?

- Sí, Pedro Galván, oye somos amigos de toda la vida. ¿Ya no reconoces mi voz?

- Claro que la reconozco amigo, pero se te oye bien. ¿Cómo estás de salud?

Pedro Galván estaba con un cáncer terminal, el día de ayer su salud había empeorado, los médicos esperaban en cualquier momento el desenlace final. Juan era su mejor amigo, y estaba pendiente en todo momento de su salud, llamaba a cada rato a su familia para preguntar sobre su estado, pero ahora le sorprendió escucharlo hablar como si estuviera recuperado; se sentía extrañado porque el día anterior apenas balbuceaba algunas palabras, pero ahora hablaba con una facilidad y no sólo eso, sino que también lo notaba alegre, expansivo, radiante. Algo raro para un moribundo.

- Bueno amigo -respondió Pedro- como sabes el día de ayer estaba grave, los médicos no podían hacer nada para salvarme, pero la vida es un don que viene de Dios. Él da la vida y la quita también. Y cuando decide nos lleva también a su Presencia, y déjame decirte que estar con Él es lo mejor que un ser humano puede experimentar.

- Disculpa Pedrito – interrumpió Juan-, pero me hablas como si estuvieras en el cielo. ¿Qué pasó amigo? ¿Cómo es que te recuperaste?

- Bueno amigo es que en realidad no me recuperé. Los médicos hicieron todo lo que estaba a su alcance hacer, pero no pudieron…

- ¿No pudieron qué?

- Salvarme -respondió Pedro.

- Vamos Pedrito, hasta en tu lecho de enfermedad no pierdes la chispa -dijo soltando una carcajada- ¿No me digas que te moriste?

- Bueno amigo, te parecerá extraño lo que te voy a decir, si te quedas atónito lo podré entender, pero espero que sea sólo un momento, porque efectivamente así fue, me morí.

Pedro y Juan cuando niños eran los pillos del barrio, tan malcriados eran que muchos vecinos los consideraban la pestilencia de la vecindad, juntos eran dinamita, y no veían la ocasión cuando al pobre Lucio el jorobado le petardeaban la puerta de su casa, en los días navideños con unas “mama ratas” que se conseguían en el mercado porque el viejo era tan malo con su esposa y sus hijos a los cuales maltrataba. Veían que la mejor manera de vengarse, pues era como decía Pedro “con un poco de artillería, quizá así se enderece”, no tanto físicamente, pero al menos en su conducta para con su familia. Algo que lamentablemente no lograron conseguir, pues a cada bombazo se oía el rugido de Lucio que salía de su guarida a corretearlos por las calles y nunca lograba alcanzarlos.

Juan pensó al recordar esto que su amigo mantenía algo de ese espíritu espantoso de su niñez, pero al saber que ahora era un hombre de fe irrenunciable en ese Dios que tanto amaba, pues le parecía extraño que a esa altura de su enfermedad, hiciera tal broma pesada con eso de que se  había muerto.

- Amigo -respondió un tanto preocupado Juan- Sé que nuestra niñez ha sido leudada con el fermento de la locura, pero creo que esa etapa ya la superamos, además entre nosotros no nos vamos a engañar. Te hablo en serio ¿qué pasó amigo? ¿cómo te recuperaste?

- Juan en realidad no me recuperé, hasta el día de ayer sabías que estaba mal ¿no es cierto? Bien, pues un cáncer terminal no lo sana nadie, a menos que sea Dios, y Él decidió llevarme. Quizá te cueste creerlo, pero estoy muerto y ahora te estoy hablando desde el cielo.

Como Juan era incrédulo, pues le resultó increíble escuchar lo que le decía su amigo. Inculcado desde niño a no creer en lo sobrenatural por un momento pensó que no era su amigo quien hablaba sino era alguien que quería tomarle el pelo usando el nombre de Pedro.

- ¿Quién eres oye idiota? ¿Te quieres burlar de mí a estas horas de la mañana? ¿Crees que soy un mentecato para creer tus bobadas haciéndote pasar por mi amigo? Respeta a los moribundos oye y anda a fastidiar a otro…

- Espera Juan -respondió Pedro con voz apacible- no te quemes la sangre por gusto. Soy Pedro, tu amigo de infancia. Sé que ayer fuiste al hospital, hablaste con mi hermana Sonia, y ella se puso a llorar, eran como las 9.30 de la noche, luego te fuiste al cafetín del hospital y pediste un café con una empanada, y no aguantaste más y sollozaste como un niño. Por cierto, que me recordé de la caída que tuviste con la bicicleta de Julio. Honestamente no te vi llorar tanto desde esa vez.

Juan estaba pasmado por lo que oía, también le hizo recordar los nombres de su madre y su padre, y cómo murieron ambos y de la ayuda económica que le brindó para cubrir con los funerales y como si fuera poco, lo que fue la cereza del pastel, le dijo algo que sólo lo sabía su mejor amigo: la nefasta experiencia de haber sido abusado por su propio padre, algo que lo marcó de por vida, pero con la ayuda de Dios pudo superar.

- ¿Eres tú de verdad Pedro? – preguntó Juan rebosante de confusión.

- Así es amigo, por favor no te asustes ni eches espumarajos, no quiero que te alarmes por lo que te digo. Puede resultar misterioso que estés hablando con un muerto, algo que no se hace todos los días, pero sí estoy en el cielo, en la Presencia de Dios. Me siento dichoso porque es lo que siempre anhelé hacer. ¿Recuerdas que siempre te hablaba de que el cielo es mi hogar definitivo, pues ahora estoy aquí?

Juan no sabía si sentirse miserable o pensar que estaba viviendo algo sublime. Trataba de hilar los últimos recuerdos, y sí efectivamente, había suficientes razones para pensar que Pedro se moría, quizá ya se murió y ha venido a despedirse. “He escuchado -se decía- de gente que se murió y se despidió de su familia haciendo bulla o ruidos en casa, pero Pedro lo está haciendo por teléfono”, lo dejaba boquiabierto todo esto, pero también empezaba a asustarse.

- No te afanes en pensar mucho, no podrás ponderar todo rápidamente -dijo Pedro como leyéndole la mente-. Es probable que no le encuentres explicación a todo esto, pero se te ha concedido que puedas oírme por una sola vez y después te dejaré tranquilo. Vine a decirte algo que espero cambie tu vida.

Juan cavilaba en todo lo que oía, no creía en los fantasmas, pero ahora sentía que escuchaba a uno y se le iba el aire, se estaba ahogando de miedo.

- Escucha Juan, te voy a pedir que te calmes, puedo escuchar tus resuellos. Respira suave, no te agites, quiero decirte algo que será de ayuda para tu vida. Lo que me pasó a mí le pasa a mucha gente, nadie puede escoger la clase de muerte que tendrá, yo tampoco lo hice, pero sí te puedo decir algo amigo, es Dios quien no permitió que este mal me hiciera sufrir. Siempre mientras estaba en la tierra tenía la costumbre de orar, es la manera como podía comunicarme con el Eterno y felizmente fui escuchado. Él tuvo compasión de mí y antes de sufrir mucho pues prefirió llevarme al cielo.

- ¿Me estás diciendo que deseabas morir? – preguntó Juan más repuesto.

- Bueno nadie desea morir, pero se puede decir que sí, deseaba salir de este mundo para irme con Él. Es que acá en el cielo estás en otra dimensión, es inexplicable lo que ocurre aquí.

- ¿Y se puede saber qué ocurre allá en donde estás? ¿Ves ángeles que tocan sus arpas, tienes una especie de aureola en tu cabeza?

- Nada de eso amigo -respondió sonriente Pedro- Esto no es la tierra para nada, aquí el escenario es totalmente diferente a lo que hay allá abajo donde tú estás, pero lo que lo hace admirable no es el escenario celestial que hay aquí, que es fabuloso por cierto, sino la atmósfera, la paz, la tranquilidad y el amor del cual eres objeto y que se percibe por la presencia misma del Creador.

- ¿Y puedes describirme al Creador? Ya que estás en su presencia como dices y lo puedes ver, pues quisiera escuchar de primera mano cómo es Él.

- Bueno me estás pidiendo algo que lo puedes encontrar en la biblia misma, especialmente en el libro de Apocalipsis. Juan el apóstol lo describe bien allí, y es así como veo a mi Salvador. Veo a Jesús vestido con una túnica que le llega hasta los pies, tiene una banda de oro ceñida en su pecho. No es como lo describen los grandes pintores del Renacimiento, o como acostumbramos verlo en las películas, pues tiene una cabellera blanca como la lana, de un color blanco incomparable. Es una imagen imponente, verlo me emociona, todo Él respira amor.

Juan lo escuchaba hablar con tal sensibilidad, de cualquier otro lo hubiera considerado pura sensiblería, pero proviniendo de Pedro a quien lo conocía de pies a cabeza no podía dudar de su sensacional amistad y sinceridad. Su alma lacerada por su triste infancia, su fuerza de voluntad para superar sus depresiones que lo conminaban a llevarlo a la locura y esa fe en aquel a quien llamaba su Salvador era algo que siempre lo tenía confundido. Sin embargo, todo esto lo ayudó a configurar una nueva personalidad que lo llevó a penetrarse en el mundo espiritual donde aprendió a ser una nueva criatura.

- Comprendo que tu Dios te ayudó mucho a superar tus dificultades, pero aun así sigo siendo escéptico y no quiero ser irreverente pues sigo pensando que el cielo, el infierno, el lago de fuego y todos esos temas que me hacen recordar las controversias que hemos tenido al punto de molestarme contigo, siguen para mí siendo fantasía.

- No vamos a discutir sobre eso, sé que tienes tus razones contundentes para creer en lo que crees, pero aun así sólo quiero decirte que la esencia de nuestra vida, ahora que estoy aquí en el cielo, solamente está en Dios y su magnanimidad no es afectada por nada que lo pueda o desee contrariar en el mundo. Ahora mi opinión puedes o no aceptarla, pero el Alfa y la Omega, el que le da inicio a todo y le pondrá fin, pues tiene también que ver contigo. Te pregunto ¿de qué modo puedes cambiar tu destino? ¿Cómo puedes hacer que tu final sea como esperas tenerlo?

- No te entiendo – respondió Juan.

- ¿A dónde crees que irás después que mueras?

- Eso nadie lo sabe.

- Te equivocas amigo. Creo que varias veces te dije que cuando me vaya de este mundo me iré al cielo, y estoy en él. Y te lo digo porque la biblia misma me lo garantiza porque es la palabra de Dios que te da esa esperanza.

- Mira con toda la modestia que me asiste, pienso que el ser humano termina su existencia y desaparece, simplemente deja de existir, se acabaron sus logros, sus placeres, sus éxitos y sus miserias. La nada simplemente lo absorbe.

- Si fuera cierto eso Juan entonces ¿por qué te estoy hablando? Si dejé de existir no debería comunicarme desde el cielo para darte una palabra que puede ser la última para tu vida.

- ¿No me digas que has venido a iluminar mi vida? Esa ilusión de Dios no va conmigo.

- Te digo algo, ayer morí a las 11.30 de la noche, tú hablaste con mi hermana a las 9.30 aproximadamente. Voy a cortar esta llamada porque la que te va a llamar en unos minutos será ella para darte la noticia de mi deceso. Si no crees que soy tu amigo o crees que soy un farsante, espero que ella te saque de dudas.

Pedro cortó la llamada, e inmediatamente volvió a sonar el celular de Juan quien dejó que suene un buen rato mientras pensaba: “este payaso cree que me va a engañar nuevamente, de todos modos contestaré para decirle sus verdades”.

- ¿Oye vas a dejar de molestar o no? -farfulló molesto Juan

- Hola Juan soy Sonia. ¿Anda todo bien?

- Sonia disculpa, lo que pasa es que hablaba con una persona que me estaba molestando, pero descuida. ¿Qué tal? ¿Cómo está Pedro?

Juan escuchaba un sollozo, Sonia estaba compungida, no podía articular bien sus palabras.

- Pedro falleció anoche.

Juan se quedó asombrado no tanto porque se murió su amigo, sino porque habló con él hace unos minutos. No sabía que decir, tampoco estaba animado a contarle el diálogo que tuvo con su hermano.

- Me dijo que quería hablar contigo -continuó Sonia-, hubiera deseado que estés allí para despedirte.

En ese conglomerado de emociones que sentía Juan, circulaba por su mente la conversación reciente que tuvo con su amigo. No sabía cómo explicarle esta experiencia extraña, se quedó callado por largo rato.

- ¿Sigues allí Juan?

- Disculpa Sonia, pero me siento indispuesto. No sé qué decirte. Mi amigo se fue y ahora debe estar dónde siempre quiso estar.

- Así es, nunca dejaba de hablarme de Dios. Te soy sincera, esa idea de que ahora goza de su Presencia como siempre me decía es lo que me mantiene tranquila. La verdad es que Dios debe haberlo escuchado porque el mal que tenía era para que sufra mucho, pero Dios tuvo compasión de él y se lo llevó.

- Sonia, amiga dime ¿en qué puedo ser útil? Puedo decirle a la gente del barrio para hacer una colecta y ayudar en los gastos del entierro.

- No te preocupes Juan. Mi hermano no quería que nadie lo ayude. Pensó en su entierro también, tenía un seguro de sepelio. En estos momentos se están haciendo cargo de todo. Sólo quería informarte y espero que nos acompañes al funeral.

- Estaré allí no te preocupes.

Después de despedirse, Juan no salía de su asombro, la llamada de Sonia era más que contundente. Se instalaron en su mente extraños pensamientos, hacía unos minutos consideraba la llamada de Pedro como inoportuna, pero luego conversando con Sonia se intensificó su temor, no sabía cómo su cerebro podía engullir todo esto.

Sonó nuevamente el celular, estaba intimidado con todo lo sucedido, no deseaba contestar, pero pensó que quizá sea Sonia que quiere comunicarle algo más.

- Aló – dijo con actitud inversa.

- Como te darás cuenta Juan, no te mentí.

Juan percibió un ambiente sepulcral al oír a su amigo, anímicamente lo dejó en escombros, no sabía qué decirle. Pensaba que hablaba con un fantasma, se le vino a la mente que podía ser un lobo disfrazado de oveja como tantas veces le decía su amigo cuando le hablaba de Dios.

- ¿De verdad eres Pedro?

- ¿Sigues dudando aún de quién soy? Sí, soy Pedro, pero en otro estado obviamente. Me encuentro en el cielo y aquí es donde permaneceré para siempre. Es un hermoso lugar, no me arrepiento de haber tomado esta decisión mientras estaba en la tierra. Amigo, sé que todavía sigues siendo incrédulo, pero quiero que me escuches aunque sea por última vez.

- Te escuché tantas veces Pedro, pero la verdad nunca me interesaron los temas espirituales, porque sigo creyendo que son pamplinas.

- Bueno, tienes derecho a pensar lo que quieras, pero eso no te librará de que algún día te enfrentes al Creador, la biblia dice en Hebreos 9:27:” Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio”…

- ¿Y eso qué significa?

- Te lo diré de la forma más sencilla y comprensible. Significa que si no crees en Dios te irás al infierno. ¿Quieres ir a un lugar así? Recuerda que siempre será tu decisión, los que se van al cielo son aquellos que decidieron irse con Cristo y los que se van al otro lado son los que decidieron no creer en Cristo.

- Sí, escuché eso de ti hasta el cansancio, pero sigo creyendo que no hay cielo, ni infierno. La verdad, no comprendo nada. No sé si creer que realmente seas Pedro, pero hay muchas cosas que me has dicho que coinciden, solamente las sabía él.

- Así es, y si tienes dudas de quién soy yo, pues déjame mostrare algo más. Me acuerdo que me hablaste de tu tío Lucho, fue muy malo con su familia.

- Así es, engañó a mi tía un montón de veces, hasta llegó a violar a una joven, era drogadicto, alcohólico y un perverso delincuente. Entre mis familiares ya no lo mencionamos para nada.

- ¿De qué murió él?

- Le dio un cáncer a la próstata, como no le gustaba visitar a los médicos su enfermedad se agravó y cuando se dio cuenta que estaba muy mal, pues ya era demasiado tarde. Fue penosa su agonía.

- ¿Y dónde crees que pueda estar ahora su alma?

- Bueno, según tú pues debe estar en el infierno, pero creo que simplemente desapareció y su cuerpo se hizo polvo y si sirvió de abono pues debe haber sido para que crezca hierba mala. No creo en un lugar de sufrimiento y tormento eterno.

- Si se convirtió en hierba mala, pues está bien con tal que no se haya convertido en marihuana o algo parecido -dijo Pedro en son de burla.

Juan se sonrió, empezaba a caerle simpático el espíritu de su amigo, pero aun seguía con ciertas contradicciones en su mente.

- No sabía que los fantasmas tenían sentido del humor.

- Oye tampoco pienses que aquí en el cielo no hay humor, este es el lugar más alegre y feliz que conozco, claro que aquí no hay chistes colorados ni nada de eso, pero la felicidad es indescriptible. Amigo te estás perdiendo muchas bendiciones que Dios te quiere dar.

- En vida no me convenciste, muerto tampoco, además los muertos no hablan.

- Pero no estoy muerto, el que sí está bien muerto y diría dos veces muerto es tu tío. Él sí que la está pasando mal en el otro lado. Y si no lo crees, te lo demostraré, acabemos esta llamada y recibirás otra y te sorprenderás mucho más. Espero que no te traumes con todo esto que te está pasando, pero creo que lo hago por tu bien.

- No todos los días hablo con un fantasma, además…..

Se cortó la comunicación, algo que no le agradó a Juan. Pensó: “este fantasmita resultó ser malcriado, ni siquiera se despidió. Sí Pedro o como quiera que te llames, me sorprendiste hablándome de tu mundo espiritual. ¿Qué otra cosa más me podría sorprender? Me sorprendería hablar con otro fantasma”.

Apenas terminó de hablar cuando sonó el celular nuevamente. “De seguro que es este antipático otra vez”.

- Aló -dijo Juan en todo enérgico.

- Hola Juan.

- Sí dígame, ¿quién habla?

- Soy tu tío Lucho…

Empezaba a divertirle hablar con su amigo, pero ahora escuchar a alguien que no era de su agrado y que le hablaba del más allá, pues sintió que iba a convulsionar. Lo incongruente de todo esto es que este personaje no estaba en el mismo lugar en el que estaba Pedro. Ahora sí que pensaba que se estaba volviendo loco, quería declinar en atenderlo, pero Lucho intuyendo que lo iba a hacer le dijo:

- No me cuelgues por favor.

- ¿Eres Lucho mi tío? -con voz temblorosa preguntó.

- Así es Juan, quiero por favor que me escuches por unos minutos. No sé qué fuerza misteriosa me trajo hasta aquí, quizá seas tú la única persona con la que hablaré, pero eres la indicada.

Sus conjeturas no estaban equivocadas, así que Juan le respondió:

- Supongo que me hablas desde el infierno.

- Así es Juan, es el lugar donde estoy y el lugar que me merezco. De aquí no saldré nunca, y lo que es peor me espera otro lugar más horrible aún.

- Debe ser el lago de fuego. Una vez me dijo Pedro que ese es el lugar definitivo al cual van los….

- Sí tienes razón, los pecadores y malvados como yo. No te imaginas cuántos miserables están lamentándose en el Hades por nunca haber escuchado los buenos consejos, por haberse negado a arrepentirse y yo entre ellos ahora cosechamos lo que sembramos.

- Tío hiciste muchas cosas malas.

No sabes cómo me atormenta el alma el recordar sólo lo malo que hice, aquí en el infierno nadie duerme, nadie descansa, nadie deja de quejarse, sólo se oyen llantos y lamentos. Es horrible, no deseo que tú ni nadie venga aquí.

Su cerebro estaba congestionado de tantos recuerdos de su tío, la mayoría malos, tenía emociones encontradas y no sabía cómo descifrar lo que experimentaba en ese momento.

- Tío Lucho para mí todo esto es algo misterioso, no sé cómo asimilarlo, es más, no sé si esto es una pesadilla o me está sucediendo de verdad. ¿Por qué tengo que ser yo el indicado para toda esta experiencia que me produce un caos mental?

- Es porque hay un Dios bueno al cual nunca hice caso yo, que me dio la oportunidad de salvarme, pero la rechacé. No lo hagas tú Juan.

-Pedro intentó persuadirme a cambiar y no le hice caso. ¿Por qué crees que debo hacerte caso a ti?

- No voy a permanecer mucho tiempo hablando contigo, sólo déjame decirte algunas cosas y volveré a mi claustro a seguir siendo atormentado. No quiero volver allí, pero para mí ya no hay remedio. Aquí hay gente como yo y peores que yo, pero también hay muchos como tú que se negaron a escuchar el mensaje de salvación.

- Lo escuché tantas veces y la verdad nunca me llamó la atención.

- Por eso mismo, los que estamos aquí nunca hicimos caso del evangelio y nos merecemos estar aquí, pero tú no. Debes salvar tu alma Juan, por favor, por lo que más quieras no hagas de este lugar tu estancia eterna.

El tono suplicante y lloroso con que hablaba Lucho lo ponía nervioso. Por momentos percibía que le hablaba con sinceridad, algo que nunca había visto en él. Nunca lo vio llorar, era un tipo grotesco, vulgar y malcriado. Cruel hacia su familia, despreciable en todo sentido.

- Tienes todo el derecho de pensar todo lo malo de mí. No merezco tu perdón ni tu misericordia. Pero si la divinidad me puso aquí es para pedirte de todo corazón que no vengas aquí por favor.

- Me vas a enloquecer con lo mismo. ¿A qué viene tanta preocupación por mí? Es mi vida y la llevaré como quiero, no creo en el cielo ni en el infierno. Y la verdad no sé si eres tú mi tío Lucho ni el otro payaso que me habló que se hace llamar Pedro. No tengo porqué hacerles caso. Lo único que quiero es que me dejen en paz o me matarán de la angustia.

- Sí, tienes razón, pero quiero decirte algo más y me voy para no volver a molestarte nunca más. Te lo prometo.

-Bueno termina de decir pronto lo que tienes que decir y vete -respondió furioso Juan.

- Tú sabes cómo fue mi trayectoria, hice muchas cosas perversas que no quiero mencionarlas, pero viviré con el recuerdo de ellas por toda la eternidad. Este es el castigo que me atormentará siempre. ¿Recuerdas que hace tiempo violé a una joven?

- Sí, es lo que supe después que te moriste. Es algo terrible lo que hiciste tío.

- Eso pasó hace muchos años, pero esa mujer a la cual violé, quedó embarazada y al poco tiempo de dar a luz, falleció. Esa mujer fue tu madre.

Fue como si un rayo atravesara su corazón, no podía creerlo, sus oídos no querían deglutir lo que estaban escuchando. “Juan, -se decía- este es un degenerado, ¿por qué tienes que escucharlo? Sólo intenta dañarte, si en vida dañó a muchos, no te debe extrañar que de muerto también lo haga”.

-¡Cállate! -gritó Juan. Eres un miserable, todo lo que me dices es pura mentira.

- No lo es Juan, todos los días lloro en este horrible recinto mis penas que nunca confesé, lamento que en vida nunca te lo dije porque siendo despreciable como era, hubiera sido mucho más si te enterabas de esto.

Juan lloraba amargamente, no encontraba el propósito de oír todo esto, sentía que este latigazo sí le dolió y le entró el temor de preguntarle para conocer la respuesta que ya la tenía en su mente, pero se atrevió a decirle:

- ¿Entonces soy tu hijo?

Hubo un silencio infernal, su corazón estaba desmoronado. Hubiera deseado ser desmembrado vivo antes que escuchar la horrible respuesta:

- Eres mi hijo, al cual nunca abracé, ni me interesó hacerlo. Al que nunca eduqué, ni alimenté y con el cual crucé una que otra palabra, pero sin ningún interés de acercarme para expresarle mi afecto, porque nunca lo tuve. Es por esto y por otras cosas más de las que nunca me arrepentí que estoy aquí en este terrible lugar.

Juan se tapaba los oídos no quería escuchar lo que le decía, pero las palabras se filtraban por los dedos y penetraban sus oídos. Su alma atormentada se sentía desmayar, por ratos se ahogaba, fue hacia la ventana a tomar aire. ¡Cómo anhelaba no haber escuchado eso nunca!

- Mi padre murió, se llamaba Germán Ampuero, así figura en la partida de nacimiento. No me engañes.

- Juan, tu madre se llamaba Lucila García, ella fue la víctima de mi locura y desenfreno. Cuando naciste, ella no pudo soportar el parto y entró en coma, no resistió y murió. Fue su hermana Antonia la que te crió como su hijo porque fue el último deseo de tu madre y Germán, esposo de Antonia hizo el papel de tu padre. Ellos fueron buenas personas y se comprometieron para hacerte creer que eran tus padres.

Quería extraer de su mente la idea de que ese hombre era su padre, pero no podía. No podía sentirse más miserable, deseaba lapidarlo.

- ¡Como quisiera que estés frente a mí para matarte!

- Ya no tendría sentido Juan, estoy dos veces muerto.

- Sí, pero conmigo lo estarías tres.

- Juan no espero tu misericordia, ni tu perdón, pienso que para mí ya es tarde todo eso. Saber esto te puede ayudar a que con el tiempo busques a

Dios para sanar tu alma porque aun puedes hacerlo. A mí sólo me queda vivir eternamente con el tormento del bien que pude haber hecho y no lo hice. En realidad, de nada me sirve que me aprecies o no, tampoco busco eso, pero estando aquí ahora sé cuán importante son las decisiones que tomamos en la vida porque tienen consecuencias eternas. Sé que me espera el castigo final que el eterno me dará por todo lo malo que hice, pero tú no debes venir aquí. Me creas o no te ruego por favor no vengas aquí.

- Tus ruegos no me sirven de nada. No te puedo llamar padre y quiero que desparezcas de mi vida.

Juan se sentía fatigado, todo esto le provocaba náuseas, se fue corriendo al baño y vomitó copiosamente, se quedó tendido en el suelo agarrándose el estómago y sollozaba como un niño.

“¡Cómo es posible que ese desgraciado sea mi padre! ¡No puedo creer que mi madre haya sido ultrajada por ese monstruo! ¡No es posible que lleve la sangre de ese demonio!”.

Sentía que se sofocaba, la cabeza le daba vueltas, no podía pararse. Prefirió quedarse sentado al lado del wáter. “Eres peor que este vómito, nunca debí escucharte. ¡Cómo quisiera poder despertar! ¡No puedo sufrir más este tormento!”.

De pronto vio algo centellante, era una luz pequeñita que iba creciendo, a medida que se iba acercando le iba nublando la visión. Quería levantarse y no podía. Sentía que fuerzas extrañas lo tenían atado y perdió la movilidad, entró en pánico, pensó que le estaba llegando el momento de morir. “No es posible, se decía, morir de esta forma sabiendo que soy el hijo de un monstruo”.

Estaba airado, no dejaba de llorar, la luz iba aumentando su intensidad. Esta experiencia mística lo tenía postrado sin fuerzas, sentía que agonizaba, sus manos estaban mojadas de sudor. De pronto voces extrañas le rodeaban, la luz lo envolvía, no podía escapar, se sentía esclavo de algo indescriptible. Sólo atino a cerrar los ojos y esperar que venga lo fatal. Finalmente atinó a decir: “No sé si hay un Dios arriba en el cielo, si es así, ten misericordia de mí”.

Cuando abrió los ojos, se encontraba en su cama, desapareció todo ese escenario y ruido que lo habían aturdido. No podía entender lo que había sucedido. Hacía unos segundos se encontraba en el baño, y ahora estaba en su cama como si hubiera despertado de una pesadilla. Este contraste fue tan rápido, en un abrir y cerrar de ojos desapareció todo. “Y también se fue ese miserable”, en alusión a Lucho.

Se estremeció al escuchar sonar su celular. Le entró miedo contestar, pero razonó: “Si todo esto ha sido una pesadilla entonces no creo que se presente ni Pedro ni mucho menos ese malnacido que dice que ha sido mi padre”.

De pronto le pareció que todo esto puede haber sido una broma pesada del destino. Se animó a contestar.

- Aló.

- Hola Juan, soy Sonia -estaba sollozando.

- ¿Qué pasó amiga?

- Pedro ha muerto.

En realidad, no le sorprendió escuchar esta noticia, si ya se había enterado de eso por medio de su pesadilla, pero como tampoco quiso dar crédito a esto, pues prefirió no hablar y escuchar lo que Sonia le decía.

- Te estuve llamando anoche, pero no me respondiste.

- ¿A qué hora llamaste? – preguntó Juan un poco inquieto.

- Te llamé como a las 12.00am, pero no me contestaste.

- ¿Y a qué hora falleció Pedro?

- A las 11.30 de la noche.

Empezó a sentirse angustiado, era la hora que le dijo Pedro en la cual había fallecido. “Es pura coincidencia”, se dijo a sí mismo.

- Juan tú has sido su mejor amigo, te apreciaba mucho, me decía que siempre oraba por ti. ¿Vendrás al sepelio?

- Sin duda, Sonia estaré allí no te preocupes. ¿Crees que puedo colaborar en algo?

- No te preocupes, mi hermano tenía un seguro de sepelio. Hoy nos encargaremos de sacarlo del hospital y lo velaremos por la tarde, mañana a las 3.00pm será el entierro. Espero poder verte.

- Allí estaré amiga, no te preocupes.

Apenas cortó la llamada quedó meditando en todo lo sucedido, especialmente en la hora de la muerte de su amigo, pero su temor se acrecentó con respecto a Lucho, le asaltó la idea de que realmente fuera su padre. “Espero que no sea quien dice ser, hablaré con mi madre”.

Manejó su auto hasta San Martín de Porres, no veía a su madre hacía seis meses, aunque nunca perdía la comunicación con ella, pues siempre la llamaba, pero esta vez quiso ir a verla y así poder aclarar este tema que lo tenía preocupado.

Doña Antonia abrió la puerta y le sorprendió ver a Juan, le dio un fuerte abrazo y un beso y lo invito a pasar.

- ¿Cómo estás mamá? -le preguntó mientras se acomodaba en el sillón.

- Bien hijo. ¿Y qué milagro te trae por aquí? Últimamente te estás volviendo ingrato.

- No mamá, lo que pasa es que el trabajo me tiene ocupado con decirte que debo llevar trabajo a casa también, pero bueno no quiero darte excusas, sé que he podido venir a verte y quizá la flojera me vencía. Perdóname por eso.

- No te preocupes hijo, me alegra verte de todos modos. ¿Cómo te ha ido?

- Bueno madre, no me quejo, en el trabajo me va bien, en el amor, no tan bien.

- ¿Has tenido alguna enamorada?

- Mamá tuve una chica, pero no nos entendimos así que preferimos terminar.

- Tú sabes hijo que mejor es terminar una relación antes de casarse, que casarse y luego terminar. Se ve más feo.

- Tienes razón, pero madre quería hablar contigo un asunto que te confieso me tiene inquieto. Y solamente tú me puedes sacar de esta incertidumbre.

- ¿De qué se trata hijo?

Temía preguntarle, pero de todos modos quería saber la verdad. “Espero no estar cometiendo una burrada”.

- Madre sé que tú te has acercado a Dios, me dijiste que estás yendo a la iglesia y te sientes bien con eso.

- Así es hijo, andaba insegura y triste desde que tu padre se fue de este mundo, pero Dios me ayudó a superar eso y ahora sé que Él me acompaña todos los días y me da seguridad.

- Me parece bien madre, entonces si ahora estás con Dios ¿significa que haces las cosas como a Él le gusta?

- Así es, bueno no soy perfecta tampoco, pero procuro no fallarle.

- Me da gusto oír eso. ¿Te puedo hacer una pregunta?

- Por supuesto hijo, soy tu madre y no hay nada que pueda negarte. No me ‘pidas plata porque ya sabes que ando peor que el pobre Lázaro.

- No te preocupes por eso – respondió sonriendo- Quisiera preguntarte por una persona, ella se llamaba Lucila García, ¿la conociste?

Antonia se quedó helada y no respondió. Agachó la cabeza y empezó a lagrimear.

- ¿Qué sucede madre? -preguntó Juan

- ¿Quién te habló de ella?

- Eso no interesa, sólo quiero que me digas si la conociste. Y madre dime la verdad, porque me dijiste que ahora crees en Dios y supongo que un hijo de Dios no miente.

Doña Antonia no creía en la fatalidad, ahora que ella leía la biblia descubrió que las cosas tienen una razón de ser. De todos modos, este tema algún día debía salir a la luz.

- Hijo, te debo confesar algo que nunca lo hice y debes saber la verdad de todo esto. Espero que cuando te diga todo no me odies. Lucila fue mi hermana menor, ella sufrió una desgracia…..

- No me des detalles -interrumpió Juan-, sé lo que le pasó. Solamente me interesa saber si ella fue mi madre. ¿Lo fue?

Antonia se quedó inerte. Nadie sabía eso mas que ella, su esposo y la propia Lucila y claro también Lucho, pero no había forma de que nadie más lo supiera. Todo esto sucedió cuando Juan era un bebé. Además, ella y su esposo prometieron que nunca le dirían nada al respecto. Antonia se quedó callada, pero finalmente no podía negarle el derecho de saber la verdad de todo esto.

- Sí Juan, ella fue tu madre -respondió Antonia sin dejar de llorar.

Juan se levantó del sillón y se puso a caminar por la sala preso de la angustia, quería saber la verdad, pero también le asustaba la idea de saber sobre su padre, así que de todas maneras le preguntó.

- ¿Y me puedes decir quién fue mi padre?

- No me pidas eso por favor – dijo Antonia cubriéndose la cara como escondiéndose de algo grotesco.

- Bueno madre, sólo quiero corroborar lo que yo ya sé. Mi madre fue Lucila y mi padre fue…..mi tío Lucho. ¿Es verdad?

Dicen que las verdades duelen, pero no ofenden, mientras pensaba en esto Juan se preguntaba también ¿qué infaustas fuerzas son las que lo llevaron a esa situación?

- ¿Por qué nunca me lo dijiste madre?

- Porque nunca quise que supieras quién fue ese mal hombre que hizo daño a mi hermana. La última voluntad de ella fue que nosotros te criemos y Germán te dio su apellido y te quiso como si fueras su hijo.

Juan escuchaba y corrían las lágrimas por sus mejillas, se le hacía un nudo en la garganta y no podía seguir preguntando, tampoco quería hacerlo. Sabía cómo terminó la vida Lucho.

- Ella me dijo -continuó Antonia- antes de morir que te dijera que te quería mucho y que no merecías su odio ni desprecio porque tú eras una víctima inocente de todo esto. La justicia divina tarda, pero llega, y como sabes Lucho murió de una enfermedad penosa. Nunca se arrepintió de lo que hizo.

La impotencia se apoderó de él, percibía como una represa que interiormente estuviera impidiendo el paso de todo el odio que sentía por ese miserable. La repugnancia que le provocaba el escuchar su nombre a la vez le producía como un escozor en el alma y parecía que su cabeza iba a estallar por su voz horrible que aun parecía recordar de la desdichada pesadilla que tuvo.

- Juan, no sé cómo te enteraste de todo esto, pero esto fue un secreto que sólo sabíamos cuatro personas, tres de ellas ya no están y sólo quedo yo. No te he negado la verdad y quisiera que tú tampoco me la niegues. ¿Quién te lo dijo?

- Anoche tuve una pesadilla, no sé si me creerás lo que te voy a decir, pero es lo que me pasó. Se me apareció un ángel o un fantasma, no lo sé, pero fue Pedro mi amigo de infancia que me llamó a mi celular y me dijo que había muerto y que estaba en el cielo porque se fue con Dios, no le creía, pensé que era algún payaso, pero me dio detalles que sólo sabía él y me mencionó a Lucho. Rato después me llamó Lucho, pero me hablaba desde el infierno, y me decía que estaba allí por todos sus pecados, entre ellos haber violado a una joven y me dijo que se llamaba Lucila García, mi madre.

Doña Antonia le escuchaba boquiabierta, no podía creer lo que oía. Hubiera deseado que alguien le dé un pellizco para saber si era o no una pesadilla o quizá era pura imaginación de su hijo.

- Cuando desperté, me di cuenta que era un mal sueño, pero hay cosas que quedaron en mi corazón y las quise corroborar y veo que es verdad todo lo que viví en ese sueño.

- Hijo hay algo que aprendí después de todo esto. Sé que Pedro fue un hombre bueno, amaba a Dios y te amaba a ti también y cuando yo hablaba con él me decía que siempre oraba por ti. No soy perfecta, pero estando ahora en mi búsqueda de Dios, sé que hay que aprender a perdonar. Y si quieres tener verdadera paz, perdona a Lucho por lo que le hizo a tu madre.

- ¿Cómo me pides que perdone a ese Barrabás? – replicó molesto Juan.

- Hijo es la única manera de que puedas hallar la paz que tu alma necesita, él tendrá que pagar sus deudas ante Dios, pero nosotros no debemos odiarlo. Él es culpable de la muerte de mi hermana, pero ella me dijo antes de morir que lo perdonaba y a mí me empujó a buscar el significado de eso, es así como pude acercarme a Dios. Tu madre también creía en Él y sé que ahora goza de su Presencia.

Juan cayó al suelo, no pudo contenerse más y lloraba a mares, Antonia se arrodilló y abrazó a su hijo. Los dos se abrazaron y juntos intercambiaron sollozos y gemidos.

- Tú eres mi madre -le decía mientras la apretaba fuerte contra su pecho.

- Juancito, tu verdadera madre fue Lucila. Sólo te tuvo unos minutos en sus brazos, pero fue suficiente para transmitirte todo su amor. Germán y yo cumplimos con su encargo, y fuiste y serás nuestro hijo.

- Mi madre está en el cielo, Pedro está en el cielo, tú te irás también al cielo, mi padre Germán también está allí. ¿Qué debo hacer para ir yo también allí?

Antonia no podía creer lo que estaba escuchando, lo abrazó fuerte, cerró sus ojos y elevó una oración:

- Dios, eres Soberano, creador de los cielos y la tierra. Tú nos creaste con un propósito, tú sabes que siempre he estado orando por mi hijo Juan, nunca dejé de pedirte por la salvación de su alma. Te agradezco por haberme escuchado, mi hijo quiere conocerte, quiere ser salvo. Sólo tú puedes hacerlo, él quiere abrir su corazón y recibir a Cristo como su Salvador. ¿Juan deseas realmente que Cristo entre en tu corazón?

- Sí quiero madre.

- Gracias te doy Dios, gracias por este mi hijo que antes andaba perdido, pero ahora es hallado, porque ahora cree en ti. Gracias te doy en el nombre de Jesús. Amén.

- ¡Amén! – dijo Juan.

Al día siguiente Juan fue al entierro de su amigo Pedro, lo acompañó hasta su última morada. Al final, cuando la gente se retiraba se acercó Sonia. Lo tomó del brazo. Juan volteó y la saludó.

- Hola Sonia ¿cómo estás?

- Bien amigo, ¿por qué te vas tan rápido?

- Lo que pasa es que tengo algunas cosas que hacer, pero bueno siempre tengo algo de tiempo para una buena amiga.

- Gracias Juan. Mi hermano estaba pensando en ti y me preguntaba cómo estabas. Hubiera deseado que lo vieras, pero cuando entró a cuidados intensivos ya no nos dejaban verlo.

- Pedro y yo hemos sido buenos amigos, pero sé que ahora goza de Dios en el cielo.

- Sí, mi hermano era muy creyente, pero me dijo algo que no entendí bien.

- ¿Qué te dijo?

- Seguro te parecerá algo gracioso, quizá era producto de su delirio, pero me dijo que antes de irse al cielo, te llamaría.

Juan se sorprendió al escuchar eso, pero bueno, sabía que detrás de todo esto había un propósito divino. Con el paso del tiempo aprendió a entender lo que significa tener una relación personal con Dios, aprendió a perdonar, lo hizo con Lucho y con todas aquellas personas con las que tuvo algún resentimiento. Comprendió lo que Pedro le quería decir cada vez que le hablaba de Dios y sabía que la vida no debe terminar mal, su padre quizá tuvo su oportunidad de ser un buen hombre, pero la desperdició, pero su otro padre, Germán que ahora está en el cielo supo guiarlo por el camino del bien. Ahora sabe que si su vida dio un giro inesperado fue por esas circunstancias que Dios permite que nos pasen para poder acercarnos a Él, en su caso fue la llamada que recibió desde el cielo.




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Walter Delgado Barrenechea es pastor de la iglesia Alianza Cristiana y Misionera del Perú. Nació en noviembre de 1960 en Lima, estudió en el Seminario Bíblico Alianza y también realizó una Maestría en Teología Pastoral en la Facultad Teológica de la Alianza (FATELA). Ejerció el ministerio pastoral desde el año 1992 en Huánuco, Cañete, Cusco y Lima. Actualmente realiza su labor pastoral en la Comunidad Cristiana Renacer  y la Comunidad Jesus Connection y colabora con estudios bíblicos en Televisión Cristiana en Acción. Casado con Llermé Igarce, tiene tres hijos: Claudia, Jason y Joel. Es autor también de los libros "100 Sermones de Vida", "Las Obras de la Carne", "El PC de Pepe", "Un Diálogo Sincero", "La Fe de Christian", “Ecos de la Palabra”, “Gracia y Verdad”, "Una Llamada desde el Cielo", “La Misión de Juan” y “Más allá de la Fórmula”.  Libros importantes para el desarrollo y crecimiento espiritual.


 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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